Tres días en Londres con mi madre

Escrito por viajaresunreflejodelplacer 29-05-2008 en General. Comentarios (1)

Aquel viaje por Londres durante tres días no se nos olvidará fácilmente. En aquella ocasión mi madre nos acompañó durante el periplo inglés. Bueno, en realidad fue un secuestro en toda regla. El Komando hizo de las suyas y tuvo el placer de compartir vicios y placeres en la gran capital européa. Además, personalmente el viaje sería especial. Era la primera vez que me iba de expedición con mi progenitora, la cual no había salido de la península ibérica salvo el tradicional viaje de novios a Canarias. La experiencia comenzó el mismo día que la regalamos el viaje. 

 

Allá por navidades la dimos un sobre con la reserva del vuelo, todo en inglés. Mi madre, como es ovbio, mostró una cara de perplejidad absoluta. "¿Pero qué es eso?", repetía una y otra vez. Al final la expliqué que era un viaje a Londres con el Komando Gorteak y sus historias. Empezó a temblar de la emoción y de nervios. Creo que aún la dura el shock y la tensión acumulada por tantas sensaciones.

 

Tras un par de meses de preparativos y muchos nervios y preguntas llegó por fín el gran día. Era un 28 de febrero de 2007, y el punto de partida fue Santander. Mi madre se desplazó hasta allí en tren y nosotros fuimos a buscarla en coche hasta la estación. Allí la recibimos, nos tomamos un café y buscamos un sitio para comer.  

 

A las cuatro de la tarde estábamos en el aeropuerto. Embarcamos y tras una ligera siesta aterrizamos en el aeropuerto de Standted. Tomamos un autobús y nos adentramos en la gran ciudad. La noche no hizo más que aumentar la sensación de incertidumbre de mi madre, que no dejaba de alucinar mientras pasábamos junto lugares claves de Londres como La Torre o el Big Ben. No se lo creía.

 

Cuando nos bajamos del bus Anabel no se separó de nosotros. Se agarró con fuerza manifestando su miedo a perderse y comenzó el auténtico viaje. En Victoria Station logramos salir bien parados de la primera gran acumulación de gente y tomamos la línea circular hasta Bayswater, donde teníamos reservado un albergue por tres noches.  

 

Os aseguro que la primera sensación que tuvo mi madre cuando vio el lugar en el que iba a dormir los próximos días no fue ni mucho menos de agrado. Tendría que compartir habitación con otras 17 personas y el ambiénte que se respiraba fueron el detonante.

 

¡Yo me quiero ir de aquí!, ¡Dónde me habéis metido!

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Con la moral de la vieja por los suelos salimos a buscar un sitio en el que poder cenar un trozo de queso y otras variedades. No encontramos ningún banco por los alrededores del albergue, asi que merendamos en una especie de soportal. Como diría mi madre, cenamos en la calle y en el suelo. (Tampoco fue para tanto). Volvimos al albergue después de tener un primer contacto con la gran ciudad y dormimos plácidamente hasta la mañana siguiente.

 

Madrugamos para aprovechar el día y mi madre se llevó otra sorpresa más. "¡Vice!, que hay un negro en la cama de al lado" repetía casi sin abrir los ojos. Luego bajamos a desayunar y empredimos un largo divagar por Londres. En bus llegamos hasta la zona más o menos central, y creimos lo conveniente bajarnos por la zona del barrio rojo. Más que nada para darle otra sorpresita a Anabel.  

 

¡Esto no lo hay en mi pueblo!

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Caminando por Chinatown en el año de la rata

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Poco a poco mi madre se iba dando cuenta de lo grande que es esta ciudad que nosotros visitamos con esta cuatro veces. "Si esta calle es tan grande como Montemayor", decía sorprendida. Los edificios victorianos y la cantidad de gente fueron otras de las mayores novedades para ella.

 

Llegamos a Picadilly Circus, otro de los emblemas londinenses

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Siguiendo los pasos marcados intuitivamente por el Komando Gorteak nos aproximamos a la zona de las caballerizas reales. Mi progenitora no hacía más que flipar con todo. 

 

¡Pero qué grande es esto, copón!

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De allí nos acercamos a la plaza de Trafalgar, donde aprovechamos para tomar un café después de unas dos o tres horas de caminata sin descanso. Tomamos aliento y aprovechamos para pasar por los lavabos (públicos y pulcros).

 

Trafalgar square con el tiempo típico de Londres al fondo de la imagen

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La mañana estaba siendo productiva a tope. De trafalgar nos dirigimos hasta la zona del Big Ben. Entre carreras, fotos y miradas hacia todos los lados para no dejar escapar ninguno de los detalles de una gran urbe fuimos comprendiendo lo que por allí se cuece. Una ciudad que nada tiene que ver con las conocidas por mi madre hasta el momento. Todo un derroche de sensaciones

 

La vida pasa rápido en la capital del Imperio británico

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Uno de los momentos más emocionantes del viaje

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Cuando apareció ante nosotros el gran reloj fue uno de los momentos más emotivos del viaje. Mi madre se emocionó al verse allí debajo. No pudo contener las lágrimas y los recuerdos se agolparon. Seguro que a ella (y también a mi) la hubiera gustado estar allí con mi padre. Creo que durante todo el viaje él también nos acompañó.

 

Alucinando con la riqueza de las casas del parlamento y la catedral seguimos disfrutando de la mañana. No paramos de caminar salvo alguna pequeña parada de descanso. De allí continuamos a orillas del río Tamesis para observar el conjunto de Londres desde otro punto de vista. Luego cruzamos el puente y cambiamos de orilla.  

 

Imagen típica y atípica de las casas del parlamento junto al Tamesis

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Después de cruzar el río nos volvimos a subir en un autobús de esos de dos pisos. El objetivo era llegar hasta la zona de la City, donde nos bajamos para disfrutar con la arquitectura típica de la zona. Nada que ver con lo que habitualmente nos encontramos en las ciudades españolas. Además aquí pudimos observar cómo se mueve el centro comercial, político y jurídico de la ciudad justo a la hora de la comer: A ritmo de comida "basura".

 

Apatrullando la ciudad, arround the city

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Sin dejar de caminar y alucinar con los altos y acristalados edificios de esta zona llena de ejecutivos nos fuimos acercando a otro de los emblemas de la ciudad. Caminando y caminando llegamos a la zona de la Torre, donde hicimos una parada para comer.

 

Con pan, queso y jamón se anda Londres

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Sin duda alguna dimos más expectáculo que los cuervos o los guardianes de las joyas de la realeza. Nosotros, como si nada ocurriese a nuestro alrededro, seguimos comiendo como buenos spanish. Tras el tentenpié, el frío arreció y nos vimos obligados a levantar el campamento para entrar en calor. Seguimos la ruta por el Puente de la Torre, el más llamativo y característico de la ciudad.

 

Un paso atrás en el tiempo

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Al otro lado del río paseamos por una zona de "reciente" construcción con edificios mucho más modernos y en obras. El frío pegaba duro, asi que tuvimos que entrar en una de esas tabernas típicas para resguardarnos. Empezó a llover y el cielo presagiaba nieve. No lo hizo, pero poco faltó.

 

Pongame esto en cervezas o en algo calorífico

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Salimos de la cervecería enmoquetada y continuamos caminando en busca de un transporte que nos acercara hasta el albergue. Estábamos algo cansados de tanto andar por la gran ciudad y al final optamos por tomar el metro una vez más. Estábamos justo al otro lado de la ciudad y el viaje duraría algo más de media hora.

 

Myriam explicando a madre en qué lugar nos encontramos

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Después del viaje en metro, que mi madre aprovechó para descansar y echar una siestecilla, llegamos de nuevo a Bayswater. Ya en el albergue nos dimos una buena ducha revitalizante y nos dispusimos a seguir con la ruta londinense. Por suerte mi madre estaba más animada que la noche anterior y veía con mejores ojos el albergue. Ahora dice que no la importaría volver.

 

Tras la ducha y bien abrigados contra el frío continuamos con el recorrido. Lo hicimos nuevamente en metro y llegamos a los alrededores del palacio de Buckingham.

 

Mama, llama al timbre para que salga la reina

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Hasta los pies son gigantes en este pueblo

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Bordeando el palacio y junto a uno de los principales parques de Londres (Hyde Park)continuamos la caminata. Más edificios, fuentes, monumentos....todo un embrollo de cosas con las que seguir alucinando en colores. Es una ciudad tan grande que hasta el tráfico de peatones está regulado por pasos inferirores, como el de la fotografía.

 

Pues yo prefiero ir en carroza que caminando.

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El siguiente objetivo era llegar hasta la zona de Harrods. Seguíamos caminando y parecía que llebábamos en Londres algo así como una semana. Pero no. Era sólo el primer día de un viaje inolvidable y sorprendente a cada paso.

 

En las proximidades de Harrods, el centro comercial más conocido de la ciudad

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Vimos los grandes almacenes y seguimos paseando por los alrededores de Hyde Park. La noche se acercaba peligrosamente y nosotros otra vez lejos del albergue. Cuando nos quisimos dar cuenta estábamos en la zona del museo de historia natural, donde se guardan los hayazgos de Darwin durante su primera expedición alrededor del mundo entre otras. Ya sabeis que si algo caracteriza a los británicos es que guardan las joyas de medio mundo. Es lo que tiene ser Imperio. 

 

Allí buscamos la boca de metro más cercana y volvimos al alberge. Estábamos cansados de la intensa jornada, y optamos por aprovechar el día bisiesto por excelencia (29 de febrero), para darnos un pequeño homenaje a base de cerveza en una taberna próxima a nuestra "fonda". Allí recordamos lo visitado durante la mañana gracias a un enorme mapa y festejamos nuestra primera vez en Londres con la mama.

 

Esto no puede ser verdad, habrá que darse a la bebida....

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Un par de pintas sirvieron para entonar la velada que terminó paseando por el barrio del albergue. Cenamos en un restaurante libanés y nos fuimos a dormir. Caímos rendidos y mi madre no dudó en comenzar a roncar al poco de meterse en la cama, esta vez acompañada por un asiático en la litera contigua. A media noche la mujer que dormía en la litera de abajo la tuvo que despertar para pedirla, en holandés, que se moviera un poco y dejara de roncar. Mi madre lo entendió a la perfección. Tras el susto intentó recobrar el sueño, pero a la mañana siguiente las ojeras hicieron acto de presencia en su cara dejando patente su cansancio. Después de un primer día de maratón desayunamos y salimos de nuevo a la calle.

 

A las puertas del albergue con nuestras compañeras geishas al fondo

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Era sábado y nos acercamos hasta el mercado de Portobello Road. Allí mi madre no dejó de sorprenderse por la variedad de colores, olores y sabores del tradicional mercadillo. Pasamos gran parte de la mañana conociendo otra manera de comprar.

 

Colores y calores de Portobello

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Souvenir londinense

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La mama retratándose con un simpático vendedor

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Recorrimos todo el mercado y buscamos un lugar para descansar y repostar. Al final dimos con el parque en el que comimos alguna que otra vez, concretamente cuando fuimos a Londres con Manu y Olaia. ¡Qué recuerdos!

 

Maxima concentración a la hora del bocadillo

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Desde Portobello tomamos un autobús para acercarnos al centro de la ciudad. De camino mi madre aprovechó para ganar horas de sueño robadas durante el "altercado" nocturno con la holandesa. Nosotros disfrutamos observando las riadas de gente que se agolpaban a uno y otro lado de la concurrida Oxford Street. Por aquella zona decidimos bajarnos del transporte público y seguir conociendo uno de los rincones más grandilocuentes de la gran urbe a pie.

 

Alrededores de Oxford Circus

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Desde allí continuamos callejeando por largas avenidas. Queríamos llegar hasta Regent`s Park y para ello tuvimos que caminar y caminar. A pesar del cansancio no dejamos de sorprendernos por edificios y detalles numerosos.

 

Bolas en volandas por las calles de London

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Reflejos en las proximidades de la casa de Sherlok Holmes

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Cada vez más cerca de nuestro objetivo

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No sin esfuerzo llegamos a nuestro destino final. Madre estaba trillada de tanto caminar. No había pasado una buena noche y le estábamos metiendo una paliza de las buenas. Al final dimos con un buen banco en el que descansar y dar salida a una botella de vino del padre de mi madre allí alante. ¡Vaya galimatías!

 

El vino de Ildefonso Peñas en Londres

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Después del descanso, ronquidos incluidos, conseguimos animar a la mama para poner el broche final al viaje. Aún nos quedaban un par de cartuchos que quemar y para ello volvimos a utilizar el bus. El próximo objetivo sería lleguar hasta la catedral de Saint Paul previo transbordo en la central estación de Victoria.

 

Algo pacha con esta estación

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Alucinando una vez más a través de las ventanillas

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El segundo autobús nos dejó a las puertas de la catedral. Allí mi madre se llevó otro buen susto. Creyó por instantes que se quedaba dentro del bus y nosotros en tierra firme. Los fantasmas de quedar perdida en la gran ciudad volvieron al instante. Hacía mucho que no la veía bajar de un autobús con una agilidad como aquella.

 

La oscuridad se acercaba a las proximidades de la catedral 

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El viaje tocaba a su fin. No obstante aún teníamos alguna sorpresilla más para Anabel. Tras visitar los interiores y exteriores del templo dimos con un gran mapa interactivo. Allí estuvimos jugando un rato con botones y luces que aparecían y desaparecían. En una de estas mi madre se fue para el otro lado del mapa, y nosotros aprovechamos para escondernos. Cuando se dió la vuelta y no nos vió estuvo a punto de llorar. Desde luego, ten hijos para esto....

 

Quisimos cerrar el viaje con un broche de oro, así que logramos convencer a madre para subir de nuevo a un bus que nos llevara hasta la zona de la Torre. El Komando tiene casi como obligación visitar los lugares y edificios de día y de noche. A pesar de lo que muchos crean, hay veces que no parecen los mismos.

 

Tower Bridge on the nigth o el puente de la torre en la noche

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Después de la postal retornamos hacia el albergue en autobús. El viaje se prolongó durante más de una hora debido al monumental atasco de un sábado noche. A medio camino hicimos una parada para tomar una cervecilla.

 

Aprovechamos la coyuntura y le dimos una sorpresa más a mi madre. A pesar de que creía que estábamos perdidos, de repente entramos en unas calles llenas de luces rojas y personajes con poca ropa. Era de nuevo el barrio rojo, que impresionó sobremanera a Anabel. Se aferró a mi brazo y nos pidió que la sacarámos de allí. Los travestis y personajes de la noche no contribuyeron a mejorar el "ambiente".

 

Ahora si que volvemos al albergue de verdad

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Ya en nuestro "hogar" dejamos los trastos y salimos a cenar. Una oferta del albergue nos hizo llegar hasta un restaurante italiano donde nos pusimos las botas en general. Luego un pequeño paseo para bajar la comida y ver tiendas de souvenirs y a la cama.

 

La noche también fue entretenida. A eso de las cinco de la madrugada llegó a la habitación un grupo de unos 5 italianos. Ellos también se sorprendieron de algún que otro ronquido. Pero todo quedó en una anécdota.

 

A la mañana siguiente desayunamos, recogimos nuestras pertenencias y salimos del albergue con algo de pena. Hicimos las compras de rigor y mi madre no dudó en espetarle a un vendedor de origen hindú un "Ale majo, cobrame" como Dios manda.

 

Solo tuvimos tiempo de llegar en metro hasta Victoria y allí tomar el bus que nos dejaría en el aeropuerto. Eso sí, de camino pudimos disfrutar a modo de epílogo de los principales iconos de la ciudad. Esos mismos que nos dieron la bienvenida días atrás.

 

Reflejos desde un autobús que marcaba el final del viaje

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Facturamos, embarcamos y en un periquete llegamos de nuevo a España. En Santander fuimos a por el coche y bajamos casi sin parar hasta Valladolid. Allí terminó el viaje y mi madre pudo por fín hacer algo que deseó durante días: dormir en su cama.

 

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡VIVA LA MADRE QUE ME PARIO!!!!!!!!!!!