FOTOS Y VIAJES DE UNA VIDA ...del Vitoko

Cueva del Cobre o el nacimiento del Pisuerga

Escrito por viajaresunreflejodelplacer 27-11-2008 en General. Comentarios (1)

Aquel tercer día en la montaña palentina lo aprovechamos para descubrir el nacimiento de uno de los principales ríos castellanos. Si hacía dos días habíamos subido al nacimiento del Carrión en bicicleta, en esta ocasión la excursión sería hasta los primeros pasos del Pisuerga. Un itinerario que realizamos por el camino menos común pero que nos sirvió para conocer una zona de gran belleza. No faltó la aventura en forma de niebla y temporal acechante.

 

Partimos desde Brañosera, donde habíamos hecho noche. Desde allí subimos en coche hasta el alto del Golobar (1840 metros), donde nos habíamos acercado la tarde anterior. Aparcamos el coche e iniciamos la subida a primera hora de la mañana. Había que andar al loro con las horas, ya que anunciaban la llegada de un frente activo de nieve y mal tiempo. Teníamos hasta el mediodía si queríamos hacer la ruta sin complicaciones. Así que no nos lo pensamos y nos pusimos a caminar. Eso sí, tan sólo llevábamos como mapa un dibujo hecho en una servilleta por el dueño de la pensión. Menos es nada.

 

Dejando atrás el Golobar con nubes inquietantes en el cielo 

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Ganando altura con el embalses del Ebro al fondo

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La ruta convencional para llegar al nacimiento del Pisuerga se realiza desde el pueblo de Santa María de Redondo. Sin embargo nosotros optamos por esta otra ruta, que si bien es algo más dura, permite conocer lo que realmente son los primeros pasos del río. Durante este paseo se acumula mayor desnivel y no se entra en el hayedo, pero a cambio uno recibe inmejorables panorámicas de la zona. Todo ello sin contar con el placer que supone caminar por zonas de alta montaña donde sólo estábamos nosotros.

 

Llegamos al collado de Sel de la Fuente, con la borrasca al fondo

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Si os fijais un poco en la imagen superior podreis ver el Curavacas (a la izquierda). Las nubes tapaban completamente Picos de Europa, pero os los podeis imaginar en el centro. La montaña que se ve en primer término es parte del Valdecebollas, el pico más alto de la zona con 2139 metros.

 

Desde lo alto planeamos la ruta a seguir, que podeis seguir en la foto que sigue. Bajamos por el valle glaciar hasta el fondo. Lo correcto hubiera sido seguir cresteando hacia la izquierda hasta encontrar una valla que delimita las provincias de Palencia y Cantabria. A posta o no, el camino elegido nos dió múltiples sorpresas.

 

Preparados para bajar en busca del nacimiento del Pisuerga

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Comenzamos a jugar con las sombras y las nubes

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El Pico Valdecebollas, de fácil ascensión

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Bajando por el valle en forma de u dimos con las primeros pasos del Pisuerga. Las aguas se recogen y van a desembocar a un sumidero, donde desaparecen temporalmente. Toda una lección de glaciarismo y geología en vivo y en directo.

 

El Pisuerga en su zona más alta, antes de desaparecer

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Siguiendo el cauce hasta el sumidero, a la izquierda

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Y de repente el río se esconde a la vista

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Aquí podeis ver mejor el recorrido que hace el río por este valle ciego

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Como ya no teníamos la referencia del río para seguir con nuestra ruta, buscamos un lugar alto que nos permitiera intuir la situación de la Cueva del Cobre, lugar en el que aparecen las aguas del Pisuerga y que mucha gente considera el nacimiento del río. Buscamos desde lo alto, y nos dimos cuenta que no llevábamos buena dirección. Intentamos descifrar la servilleta - mapa y sacamos en conclusión que teníamos que ir hacia la valla, donde nos encontraríamos una laguna dibujada a bolígrafo.

 

La encontramos sin no mucho esfuerzo

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En esta zona encontramos una especie de sendero marcado con hitos de piedra. La mañana y la borrasca seguía avanzando, pero ya que habíamos llegado hasta ahí, no nos podíamos dar por vencidos sin encontrar la cueva. Así que seguimos el sendero sin perder demasiado tiempo.

 

Expléndidas vistas con los peñascos donde está la cueva en primer término 

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Una vez llegamos a los peñascos inciamos una bajada muy pronunciada

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Para que os hagais una idea del desnivel, arriba a la izquierda está Myriam

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El bosque estaba teñido de otoño, lo que nos daba fuerzas y moral

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Y por fín dimos con la cueva del Cobre

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Solo entramos un poco dentro de la oscuridad

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Como no teníamos linterna y tampoco andábamos sobrados de tiempo, no entramos en la cueva, que tiene varios kilómetros de galerías. Descansamos un poco, comimos algo y pensamos en cambiar el recorrido. Teníamos la opción de volver hasta Brañosera o bajar siguiendo el río hasta Santa María de Redondo. Esta última opción sonaba muy apetecible, pero suponía quedar a unos 50 kilometros del coche. Toda una locura.

 

Disfrutando del hayedo y el río durante el descanso

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Al final optamos por lo más aconsejable en nuestro caso: volver hasta donde teníamos el coche. Eso nos supuso salvar de nuevo un importante desnivel. Aun así el retorno lo hicimos por el camino adecuado, siguiendo la valla tal y como exigía el mapa - servilleta.

 

Subiendo por los peñascos siguiendo los hitos, gran invento

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El Valdecebollas reflejandose en una de las varias lagunas de la zona

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Después de un breve descanso tras una empinada y rápida subida hasta la laguna, continuamos con el recorrido marcado. Teníamos que seguir subiendo hasta darnos con la valla que delimita las provincias vecinas. Y de camino pudimos observar por dónde habíamos pasado a la ida y a la vuelta del recorrido.

 

A la derecha la laguna, a la izquierda el valle ciego por el que bajamos

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Colores de la moda otoño - invierno para esta temporada

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Restos de un refugio de la Guerra Civil en mitad del recorrido

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Una vez que llegamos a la valla comenzaron los nervios. Habíamos dado con un punto clave en el itinerario, pero la borrasca anunciada se nos echaba encima. Las nubes ya habían rebasado con creces el límite de los Picos de Europa y avanzaba sin remedio hacia donde nos encontrábamos. De una mala ya estábamos en el buen camino.

 

Myriam señalando la que se nos avecinaba. ¡Ya está aquí!

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Y así fue. Dicho y hecho. Pillados por la lluvia y la niebla

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Caminando por el camino cada vez menos visible

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Llegó un momento en el que no se veía ni a jurar, os lo juro

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Con la niebla también llegó el nerviosismo y la incertidumbre. Nos preguntábamos si sabríamos llegar hasta el coche o si por el contrario quedaríamos atrapados allí hasta que nos rescataran. Más o menos teníamos el camino hecho, sólo teníamos que dar con el collado del principio de la ruta. Guiándonos con el instinto y con las fotos que habíamos sacado durante el recorrido, al final conseguimos dar con el paso.

 

Por fín el collado, solo visible junto a los hitos

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Desde allí no había pérdida. Sólo teníamos que seguir un sendero más o menos marcado y más hitos de piedra. Mientras bajábamos escuchámos a dos personas que descencían del Valdecebollas. Ellos conocían de sobra la zona, pero nosotros continuamos hablando alto y silbando para intentar guiarlos.

 

Esto está casi chupado, pero casi nos volvemos locos con la niebla

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Y por fin atisbamos el refugio, final del recorrido

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Cuando llegamos al coche habían pasado unas cuatro horas desde que iniciamos la ruta. Debido a la chupa de agua que llevábamos encima nos cambiamos de ropa. De allí bajamos a la civilización en busca de algún lugar donde poder comer. Lo encontramos en Barruelo de Santullán, donde nos pusimos las botas. Fue la recompensa por un entretenido y divertido paseo por la alta montaña. Conocer la parte más alta del Pisuerga fue todo un acierto. Y es que los nacimientos de los ríos nunca defraudan.

 

Después de comer iniciamos el viaje de retorno a Asturias. Con la panza llena pasamos de la autovía y nos decantamos por volver a tierras astures por carreteras regionales. De Aguilar de Campoo a Cervera de Pisuerga, y luego a Guardo.

 

El atardecer nos pilló en los alrededores de Riaño

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Y una vez en Riaño optamos por el camino menos corto, el puerto del Pontón

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Si hubiéramos elegido el puerto de Tarna habríamos llegado antes a casa, pero no hubiesemos terminado el viaje como aquel día. Un par de sidras en Cangas de Onis para celebrar el nutrido y variado descanso en la Montaña Palentina. Seguro que volvemos. Hay que volver, así que ya mismo dejo la puerta abierta a aquellos que tengan en mente una quedada montañera. Que ya va siendo hora ¿no?

De romanico por la Montaña Palentina

Escrito por viajaresunreflejodelplacer 20-11-2008 en General. Comentarios (0)

Lo primero que notamos cuando nos despertamos aquella mañana fue que el día anterior nos habíamos hecho casi 40 kilómetros en bicicleta. No es que tuviéramos muchas agujetas, pero si las suficientes para plantearnos la jornada de una manera tranquila y sin escapadas por el monte. Era el día perfecto para conocer un poco más a fondo una zona, la Montaña Palentina, que guarda un rico patrimonio histórico y cultural. Fue como una especie de peregrinación por las iglesias más señeras de la zona entre bosques que rebosaban otoño. Aunque lo primero que hicimos fue recoger el refugio que nos había dado cobijo aquella noche.

 

Dejamos la suit junto al Carrión, metimos las bicis en el coche y nos acercamos hasta Vidrieros, situado a un par de kilómetros. Allí desayunamos en el bar de la plaza y decidimos que lo mejor sería volver a Cervera de Pisuerga para intentar entonarnos. Con gran desgana en el cuerpo nos acercamos hasta el Centro de Interpretación del Parque Natural para comprender un poco mejor el lugar donde nos encontrábamos. 

 

Paseando por Cervera de Pisuerga

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Después de un vermout tempranero decidimos que con la apatía que teníamos, lo mejor sería dedicar el día a otra actividad que no fuera montaña. Era domingo, asi que aprovechamos para ver algunas de las iglesias más interesantes de la zona. La primera a la que nos acercamos, siguiendo el río Pisuerga, fue a la de San Salvador de Cantamuda, de la que sólo conocíamos el exterior. Una auténtica joya.

 

La espadaña, de las más sobresalientes del norte

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La iglesia conserva su unidad arquitectónica desde su fundación original, algo por lo que ya merece la pena ser visitada. Data del año 1123, por lo que no es de estrañar que al entrar uno vuelva atrás en el tiempo.

 

Romanico puro y duro en el norte de Palencia

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Tuvimos la suerte de encontar la iglesia abierta, ya que en media hora iba a comenzar la misa. Un amable vecino nos hizo de guía y nos explicó los pormenores del templo. Tenía noventa años, aunque aparentaba poco más de sesenta. Parece ser que en este pueblo todo se conserva en el tiempo y en el espacio.

 

Una de las cosas más llamativas de la iglesia es su altar, que también es de cuando se construyó la iglesia. Cada una de las siete columnas es diferente. Una delicia. A parte de los capiteles, los ábsides, las bóvedas y todas esas cosas que nos enseñaban en el cole.

 

Detalle del ábside centra con un curioso capitel

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La bóveda del altar, inamovible desde hace centurias

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Y uno de los dos absides que acompañan en la cabecera

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Una última del coro, que ya había llamado a misa

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Salimos del templo completamente cautivados. Si algún día os encontrais por estos lares no dudeis en acercaros hasta aquí. Si vais un domingo a eso de las once y media no tendreis probemas para entrar. Ni para salir.

 

La torreta que lleva hasta el campanario

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Después de la experiencia mística continuamos por una carretera que sale junto a la iglesia y que nos llevó hasta el Monasterio de Lebanza. Allí cambiamos el románico por el otoño que lucían los bosques. Dimos un pequeño paseo por los alrededores todavía con agujetas en los brazos y algo de cansancio en el resto del cuerpo.

 

Un bosque mixto y con grandes ejemplares nos acogió

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Y no necesitamos andar mucho para disfrutar de los colores

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Porque el otoño y el bosque estaban en su máximo apogeo

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Las hojas no dejaban de caer de los árboles

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Seguimos un valle por una especie de camino que salía cerca del Monasterio. Andamos poco más de un kilómetro y bajamos a la zona del río. La vuelta la haríamos por el bosque de robles que se levanta en la cara soleada del valle.

 

Pero antes jugamos con el haya antes de abandonar su humbrío territorio

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Ellas fueron generosas y nos regalaron reflejos inolvidables

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Otro más para los nostálgicos de los vivos colores

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En realidad no caminamos mucho, pero si que pasamos un buen rato por el bosque. Estaba realmente precioso y no habernos metido en sus entrañas hubiera sido un error. Al final la mini excursión mereció la pena.

 

Llegando al Monasterio, al fondo

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El monasterio en si no nos llamó mucho la atención. Más que nada porque es bastante posterior al románico. Del antiguo monasterio que se levantaba en épocas medievales hoy queda el sitio y alguna piedra.

 

Visto el panorama decidimos continuar con la peculiar peregrinación de aquél día. Como habíamos estado recientemente por la zona también viendo iglesias, esta vez fuimos a tiro fijo a por aquellas que nos habíamos quedado en el tintero. Bajamos hasta Cervera de Pisuerga y nos acercamos hasta San Cebrián de Mudá.

 

Un templo románico con alguna que otra reforma gótica

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Otra típica espadaña norteña con un curioso ventanal

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Aquella vez nos tuvimos que conformar con ver la iglesia por fuera, pues estaba cerrada y no vimos a ningún vecino que nos diera señas de cómo poder visitarla. Así que continuamos nuestro viaje. Desde San Cebrián de Cantamuda a Revilla de Santullan por una carretera donde cada pueblo guardaba en su iglesia, al menos, algún vestigio de los alrededores del siglo X y XI.

 

La increible puerta del templo de Revilla de Santullán

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Para visitar esta coqueta iglesia tuvimos que llamar al gran Belarmino, un vecino del pueblo encargado de hacer de guía para los turistas. El nos explicó con todo lujo de detalles una de las portadas más llamativas del románico del norte de Palencia.

 

Jesus & Cia retratados por grandes artesanos

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La escena es la última cena y en ella participa el propio autor

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Las tres Marías, nos quedamos de piedra con tanta autenticidad

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Belarmino agarrado a los pilares del pórtico durante la explicación

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Una portada de un realismo desgarrador o el románico palentino a mordiscos

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El hombre nos estuvo explicando lo que significaba cada figura casi media hora. Fue algo espectacular. Hubiera podido guiarnos por el pórtico con los ojos cerrados. La iglesia se está dedicada a San Cornelio y San Cipriano, al igual que la de San Cebrián de Muda, y guarda en su interior los restos de unas pinturas murales que se vendieron a unos estadounidenses en tiempos de crisis y guerra.

 

Interior de la iglesia de Revilla de Santullán

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Después de la explicación continuamos nuestra ruta. Teníamos que ir pensando en buscar algún lugar dónde dormir, y creimos lo más conveniente acercarnos hasta Brañosera. Sin embargo antes de coger pensión seguimos ganando altura por la carretera que sube hasta el "refugio" del Golobar para disfrutar de las vistas y planificar la excursión del día siguiente.

 

A la izquierda se puede ver la carretera que sube pegada a la montaña

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Era demasiado tarde como para ponerse a caminar, asi que bajamos hasta Brañosera para buscar cobijo. No fue dificil dar con una habitación barata. Luego dejamos los trastos y salimos a aprovechar los últimos rayos de luz por el primer Ayuntamiento de España.

 

La piedra caracteriza este pueblo de montaña

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Posiblemente el primer polideportivo de España

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La carta de repoblación de este pueblo es del 824. Hay copias en cada bar del pueblo, y todos los vecinos proclaman con orgullo ser el primer Ayuntamiento reconocido de España. En la carta puebla ya se apuntaba la gran cantidad de monte y bosque que hoy todavía conserva.

 

La plaza de reunión, con el Ay - untamiento al fondo

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Seguimos callejeando hasta dar con la iglesia de Brañosera

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Y allí fue cuando el cielo se tiño de color antes de oscurecer

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Interesantes restos románicos en la iglesia

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Y también en una casa aledaña al templo

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Apurando las últimas luces antes con la helada a punto de llegar

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Foto conmemorativa de la visita del Komando Gorteak a Brañosera

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Después del paseito nos fuimos a tomar unos vinos por el pueblo. El lugar, como os podeis imaginar, no es muy grande, pero al menos tiene dos bares. En uno de ellos estuvimos echando la partida, y luego regresamos a la pensión.

 

Haciendo balance del día antes de acostarnos

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Dormimos plácidamente pensando en la ruta del día siguiente y escuchando en las noticias la entrada de el primer temporal de invierno. Todo se andara.  

Ultimas horas en Marrakech (Marruecos y 9)

Escrito por viajaresunreflejodelplacer 18-11-2008 en General. Comentarios (0)

Aquella mañana nos levantamos algo apesadumbrados. La jornada significaba el último día de viaje por Marruecos y no nos queríamos marchar. El país nos había dejado un sabor de boca tan bueno que no queríamos regresar a nuestras casas. Pero había que hacerlo. Esa última jornada la aprovechamos para pasear por última vez, al menos de momento, por las calles y zocos de Marrakech. Un día caluroso y tranquilo de fin de viaje.

 

Remoloneamos un poco y nos levantamos algo más tarde de lo habitual, a eso de las nueve de la mañana. Nos aseamos y salimos a desayunar en el restaurante de siempre después de dejar las mochilas en la recepción del hotel. Teníamos hasta las siete de la tarde, hora en la que salía nuestro avión, para aprovecharnos de la ciudad. Así que no lo dudamos ni un solo instante.

 

Las primeras luces de la mañana ya calentaban de lo lindo

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Nos dedicamos a pasear a ritmo pausado fijándonos en cada detalle

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Y llegamos hasta la zona de la Kubba almorávide

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Como no teníamos demasiado tiempo dejamos para otra ocasión la visita a este edificio que realizamos desde el exterior. Luego continuamos callejeando por lugares donde se mezclaban los artesanos con los tenderos. Cerca de los zocos y en los alrededores de la Madraza Ben Youssef.

 

Vendedores de cuero trabajado, sin trabajar y en retales

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Por el zoco de los herreros

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Y buscando los reflejos de los espejos

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Encontramos una tienda de guitarras bereberes

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A cada paso, una imagen para el recuerdo

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O muchas a la vez, todo era cuestión de mirar para otro lado

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Hasta aquél momento no nos despistamos demasiado. Estuvimos merodeando por la zona central de la ciudad y sin alejarnos de la Plaza. No queríamos salirnos de los zocos, sino hacer una última panorámica del lugar que llevarnos en nuestas memorias. Vamos, un paseo a modo de repaso.

 

Otra tienda de instrumentos autóctonos

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Saliendo de la medina por una de sus puertas

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Completamente fuera de la medina y bajo un sol de justicia

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En este punto de la mañana nos perdimos un poco, para no olvidar nuestras viejas costumbres. Nos salimos, sin querer, de la medina, y nos encontramos en un lugar que tardamos en ubicar en el mapa. A todo ello había que unir que el calor era agobiante, de esos que aplanan. Descansamos un poco a la sombra y continuamos por el buen camino una vez encontrados.

 

También buscamos sombra en el centro artesanal

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Y así llegamos de nuevo a la plaza y sus zocos aledaños

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Volvimos a dejarnos llevar por los olores del mercado

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Escudriñando sus formas y colores

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Y fijándonos en cada producto como si fuera el último

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El tiempo ya corría en nuestra contra, pero nos volvimos a perder a posta. Esta vez fue un amable anciano el que nos indicó cuál era el camino acertado para llegar hasta la plaza. De la que íbamos para allá topamos una vez más con la colorida zona de los tintoreros.

 

Amigo, ¿quiere ver como se tiñe pañuelo?

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Compramos un pañuelo de recuerdo y el vendedor nos retrató con estas pintas

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Después de aquello solo tuvimos tiempo para ir a comer a la Plaza. Cuando nos sentamos eran las cuatro de la tarde, así que prácticamente engullimos el menú. Un te rápido y en taxi hasta el aeropuerto con la pena reflejándose en nuestras caras.

 

Bab Agnaou, la puerta más llamativa de la medina diciéndonos hasta la próxima

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Llegamos al aeropuerto cuando abrieron las ventanillas de facturación

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Luego todo fueron recuerdos hasta que llegamos a las once y media de la noche al aeropuerto de Barajas. Allí tuvimos que esperar hasta las dos de la mañana, hora en la que tomamos un autobus hasta Valladolid. Llegamos a la capital castellana a las cinco de la mañana, y en casa de madre hicimos "semi - noche".

 

A la mañana siguiente subimos hasta Asturias, donde en 24 horas comenzamos a trabajar. Como diría el gran Jose Wanky, "Que desgracia de vida". No fue un adios a Marruecos. Fue un hola que tal, nos veremos las caras antes de lo que piensas.

Una mañana de sábado en Essaouira (Marruecos 8)

Escrito por viajaresunreflejodelplacer 12-11-2008 en General. Comentarios (2)

Cuando nos despertamos aquella mañana en Essaouira lo hicimos algo apesadumbrados pero también alegres. Era nuestro último día completo en Marruecos antes de regresar a casa, pero por delante aún teníamos tiempo más que suficiente para seguir disfrutando de una ciudad que ya nos había cautivado el día anterior. En aquella jornada seguimos descubriendo los rincones más escondidos de Essaouira y también regresamos a Marrakech para pasar la última noche de este primer viaje del Komando a tierras africanas. El viaje a Marruecos se acercaba sin remedio a su fin.

A eso de las nueve de la mañana ya estábamos despiertos. Nos aseamos y subimos hasta la terraza del hotel para degustar un suculento desayuno. Todo con unas maravillosas vistas hacia el Atlántico y el puerto de la ciudad. Bien nutridos volvimos a salir a las calles de Essaouira. Teníamos por delante toda la mañana antes de que el bus partiera a eso de las tres, así que no perdimos ni un instante de un sábado caluroso, soleado y apacible.

 

Con las mochilas en el hotel Smara salimos a patear la ciudad amurallada 

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De nuevo las puertas fueron las protagonistas

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Algunas de ellas guardan inscripciones de su construcción

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Aprovechamos para entrar en el barrio de la mellah

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En esta zona las casas están menos cuidadas que en el resto de la medina y las hay que se caen a cachos. Es una zona algo más tétrica, pero también tiene su encanto. El barrio de la Mellah era en el que antiguamente vivían los judios. Tuvieron gran importancia en la ciudad gracias a su trabajo como orfebres. Hoy en día apenas quedan una decena de familias judias en Essaouira. Una zona abandonada pero que ofrece alguna que otra sorpresa.

 

Solo hay que mirar con ojos distintos y mente abierta

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Buscando reflejos en una de las numerosas tiendas

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Poco a poco nos fuimos acercando hasta el centro de la medina. Allí se agrupan la mayoría de los mercados. El expectáculo en esta zona es increible, y más en las horas de la mañana en las que nos encontrábamos. La ciudad bullía con el trueque de todo tipo de productos de primera, segunda, tercera y hasta cuarta necesidad. Nuestros ojos no dejaban de mirar a uno y otro lado. Todo era llamativo, curioso, o distinto.

 

Por las estrechas calles que rodean la zona del mercado

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El espacio destinado a los vendedores de cereales

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Colores y calores en la zona de los tintoreros

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Oteando el pescado más fresco y sabroso

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Y también las piezas más vivas y carnosas

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Recorrer esta zona de la ciudad en su máximo apogeo es todo un universo de sensaciones. Las calles estaban completamente abarrotadas, llenas de gente que iba de uno a otro lado. Cientos de mercaderes mostraban sus piezas más preciadas y los locales no dudaban en preguntar precios. Nosotros teníamos más que suficiente con disfrutar del espectáculo. Además seguíamos gozando de la tranquilidad que supone el hecho de que no te den la brasa todo el rato para que compres algo.

 

También nos adentramos en el mercado de las joyerías

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Después del intenso paseo por la zona de mercado donde no faltaron los olores, continuamos perdiéndonos por otras calles menos pobladas y algo más alejadas del centro. La ciudad es lo suficientemente pequeña para poder perderse y encontrarse una y mil veces. Así que continuamos dejándonos llevar por la agradable brisa de uno a otro lado, sin destino ni prisa.

 

Arcos junto a la puerta principal de entrada a la medina

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Las distintas dimensiones del pasado

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A cada paso la ciudad nos regalaba algún detalle

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Y las escenas cotidianas marcaban una honda huella

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Nos volvimos a perder entre tiendas de alfombras

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Y entre tiendas encaminamos nuestros pasos de nuevo hasta el puerto. Queríamos que aquello no se acabara nunca, de ahí que pasáramos una y otra vez por lugares que nos negábamos a abandonar así como así.

 

La calle principal en las proximidades del puerto

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Panorámica de la ciudad desde lo alto del bastión

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En el puerto no dejamos de meter las narices entre los barcos, los pescadores e incluso las fortalezas que aún preservan el abra. Lo hicimos a paso lento, como manda la ciudad, y entre fuertes olores a pescado.

 

Volvimos a la zona del mercado, donde la ciudad seguía viviendo a borbotones

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¡Me ponga un par de capones frescos para llevar!

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No faltaban las tiendas de aceite de argan, producto por excelencia de la zona

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El tiempo corría en contra nuestra, asi que poco a poco nos fuimos acercando hasta el hotel para recoger las mochilas y emprender el viaje de regreso a Marrakech. La ciudad nos estaba dejando tan buen sabor de boca que no dejamos de hacer fotografías pensando que así, el recuerdo quedaría permanente en nuestras mentes. Así fue.

 

Callejuelas sin salida y con entrada a las casas

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Uno de los numerosos pasadizos que se esconden por la ciudad

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Apurando las brisas del Atlántico después de recoger las mochilas

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Después de toda la mañana caminando estábamos algo cansados. Sólo habíamos hecho alguna que otra parada para tomar un té o para comprar algún souvenir. Recogimos las mochilas en el hotel y decidimos apurar los últimos minutos junto al mar. Yo no pude resistirme y antes de abandonar la ciudad me pegué un buen chapuzón en el Atlántico. ¡El agua estaba guasíbilis!

 

Al final nos tocó correr para llegar a tiempo al autobús. Luego fueron casi tres horas de trayecto con parada en el mismo lugar que a la ida y con mucha tensión en la conducción a medida que nos acercábamos a Marrakech.

 

Precaución: calzada estrecha, adelantamientos, camiones y personas caja

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Cuando llegamos a Marrakech ya era de noche. En el cielo se presagiaba otra tormenta, que dejó algo de agua y varios rayos en el horizonte. Desde la estación de autobus fuimos en tren hasta la plaza, y desde allí al hotel Essaouira, donde ya habíamos dormido y teníamos reservada una habitación por unos 10 euros la noche. Dejamos los trastos, nos dimos un agua y salimos a vivir la última velada en la ciudad en el primer viaje del Komando Gorteak a Marruecos.

 

El hotel estaba lleno, menos mal que habíamos reservado

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Veníamos de la tranquila Essaouira y tampoco teníamos muchas ganas de andar perdiéndonos por Marrakech. El viaje tocaba a su fin y el cansancio hacía mella en nosotros. Sin embargo sacamos fuerzas para aprovechar y vivir la última noche del trayecto marroquí como es debido. Cenamos en uno de los chiringuitos de la Plaza Jenna El Fna, paseamos por los zocos más próximos, regateamos....

 

No podían faltar los típicos dulces, sabrosos y muy apetecibles

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También nos acercamos hasta la Koutoubia

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Y disfrutamos de los espectáculos de la gran plaza de la ciudad

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Así a lo tonto nos dieron las doce de la noche paseando. Nada tenía que ver aquella última noche con la primera que pasamos en la ciudad. Todo fue mucho más tranquilo y acogedor. Intentamos subir a una de las terrazas para ver la plaza desde lo alto, pero cuando llegamos estaban cerrando. Aun así nos permitieron hacer alguna que otra foto desde las alturas. Todo un detalle.

 

La zona de los vendedores de comida

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Después de aquello no nos quedaba más que regresar al hotel. Estábamos cansados y eso se notaba. Ya en la habitación, reorganizamos las mochilas y caimos rendidos en la cama. En menos de veinticuatro horas estaríamos de nuevo en España, pero aún nos aguardaba una última mañana y tarde en la ciudad.

En bici hasta el pozo Curavacas (Montaña Palentina)

Escrito por viajaresunreflejodelplacer 01-11-2008 en General. Comentarios (0)

Una novedosa y entretenida experiencia. Así se podría resumir a grandes rasgos la ruta que realizamos el pasado fin de semana del 25 de octubre. Fue el primero de tres días en la Montaña Palentina, un lugar paraiso de los amantes de la Naturaleza y los grandes espacios y que para muchos pasa desapercibido. Aquel sábado, nos fuimos en bicicleta hasta el Pozo Curavacas, uno de los lugares más mágicos de esta amplia zona declarada Parque Natural. Toda una aventura de 35 kilómetros por paisajes de gran belleza, prácticamente vacios, y con las primeras nubes en las cumbre. No era la primera vez que nos adentrábamos en la Montaña Palentina, pero un hechizo de mutua atracción quedó desde entonces conjurado.

Salimos de Muros de Nalón a eso de las siete y algo de la mañana. Por la noche apenas habíamos dormido por eso de los nervios ante nuestra primera expedición en bicicleta por la montaña. Enfilamos la carretera de la costa hasta Torrelavega, y luego hacia Reinosa, donde desayunamos. La siguiente parada la hicmos en el punto de inicio de la ruta, el pueblo palentino de Vidrieros, donde se acaba la carretera. Era un lugar conocido para mi, y la ruta hasta el pozo Curavacas ya llevaba tiempo rondándome la cabeza, así que no fue difícil dar con el inicio del recorrido, a un par de kilómetros del pueblo remontando el río Carrión.  

Montamos las bicicletas, nos pusimos el equipo y en marcha

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La ruta hasta el Pozo Curavacas tiene una distancia de unos 35 kilómetros ida y vuelta. Se puede realizar también caminando, aunque igual se os puede hacer algo pesado por tener tantos kilómetros. El camino es obvio en todo momento, siempre siguiendo el curso del río Carrión, que nace a pocos metros del pozo, una laguna en la que se refleja el pico Curavacas, que con sus 2.520 metros es uno de los emblemas de la montaña palentina.

 

La ruta discurre por una pista por la que se rueda más o menos bien. Lo peor son los tramos donde las piedras dificultan el avance o la bajada. El desnivel tampoco es muy importante, ya que en todo momento se circula por un valle glaciar amplio y llano. A eso de las 11 comenzábamos la ruta en una mañana soleada y agradable.

 

El Carrión en su zona alta al inicio de la ruta

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Pronto llegaron los primeros repechos, siempre más o menos llevaderos

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Y las primeras dificultades en nuestro camino

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Cuando llegamos a este punto nos encontramos con los primeros problemas. El camino se realiza siempre, salvo el primer tramo, por el margen izquierdo del río, pero nosotros nos confundimos a la altura del refugio de Santa María. Hasta el momento habíamos realizado la ruta sin problemas y de manera agradable, pero en vez de seguir el sendero que transcurre por una zona de brezos, continuamos por la pista, que cruzaba el río en varias ocasiones.

 

Las cumbres se intuían a lo lejos, y de cerca el río Carrión

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Tuvimos que cruzar el cauce varias veces, por lo que acabamos empapados

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Así que tuvimos que hacer un descanso para secarnos y escurrir la ropa

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Después de este tramo que cogimos por error y que nos supuso acabar calados hasta la ingle, retornamos al trayecto adecuado. Lo cierto es que no había estado mal eso de cruzar ríos con la bici, pero la mojadura fue de campeonato. Y es que no es facil dirigir la bici con el agua llegando a los pedales y con piedras resbaladizas en el fondo.

 

Seguimos remontando el amplio valle glaciar de Pineda 

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El Curavacas, o la gran mole de la Montaña Palentina

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La visión que se tiene del Curavacas durante prácticamente toda la ruta es de lo más sobrecogedor. Esta mole impresiona por sus dimensiones. En la foto superior sólo se aprecia una de sus caras y la cola que va a morir a las proximidades del río Carrión, en una zona conocida como el paso estrecho.

 

A todas estas, apenas nos habíamos cruzado con nadie. A la belleza del lugar había que unir la tranquilidad, sólo rota por un par de quads que realizaban la misma ruta que nosotros y un par de todo terrenos que subían a las cabañas o pastos de la zona alta. Todavía no entiendo como no se deja acampar en estas zonas y se permite la entrada de los putos quads que montan un jaleo del demonio en estos lugares.

 

Precaución: terreno resbaladizo con posibilidad de caidas leves

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El incidente fue más que nada una anécdota. También como anécdota seguimos avanzando en nuestra subida cruzando sin parar charcos y terreno embarrado por las lluvias y nieves de días anteriores. Sin embargo aquella mañana reinó el ambiente soleado y las temperaturas agradables.

 

Entre risas llegamos hasta uno de los puntos más impresionantes de la ruta: el paso estrecho. El lugar donde la cola del Curavacas parece caer a plomo hasta el nivel del río Carrión. Grandes rocas de conglomerado, agua, y la mole siempre observando.

 

Llegamos hasta el paso estrecho

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A partir de este momento la ruta parece que sube de nivel. Se entra en un valle algo más alto y donde aquel día las montañas ya lucían una ligera capa de nieve. Sin duda todo un regalo para los sentidos que nos dio fuerzas para continuar el recorrido. El cansancio comenzaba a hacer acto de presencia, y más después de la humedad que llevábamos con nosotros.

 

La nieve y las altas cumbres a un paso del final del recorrido

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Llegando a la vega de los Cantos, toda una delicia para cicloturistas

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Y por fin arribamos al final del recorrido, donde descansamos merecidamente

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A pesar de que la ruta en bicicleta había llegado a su fin, todavía quedaba por salvar un tramo a pie hasta el lago glaciar. Myriam se quedó abajo descansando y disfrutando de los rayos de luz. Yo no pude más que reposar un cuarto de hora y subir en busca del pozo. No podía remediarlo, me llamaba la montaña.

 

Con estas vistas era imposible estarse quieto sin indagar por los altos 

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Asi que ni corto ni perezoso comencé una empinada subida que me dejó cerca de un puente. El pozo estaba a tiro de piedra, pero nuevamente me equivoqué de sendero y me subí a un collado donde pretendía encontrar el pozo.

 

Ganando altura o la vega de los cantos al fondo y la cola del Curavacas

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Poco a poco la gran mole apareció exuberante ante mis ojos

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En ese punto debería haber seguido un camino bien definido para llegar a la laguna, que debe estar más o menos en el medio de la foto superior. Sin embargo seguí subiendo y me encontré con un panorama realmente increible y solitario. Sin duda, una de las cosas que más me atrae de la Montaña Palentina.

 

Para que intenteis haceros una idea del lugar en el que me encontraba os subo unas cuantas fotos panorámicas. Las fotos van de derecha a izquierda, vamos que sería como si mirarais al horizonte y fuerais girándo vuestra cabeza hacia la izquierda.

 

La primera: al fondo a la izquierda se intuye la laguna de fuentes carrionas

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La segunda: la cara sombria comienza a aparecer

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La tercera: Nieve, mucha más de la que nos esperábamos

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Cuarta: El gran curavacas dominando el paisaje

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Quinta: el Curavacas sigue avanzando hacia la izquierda

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Y sexta: la cola del Curavacas y abajo (supuestamente) la vega de los cantos

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Estaba algo desorientado buscando la laguna dichosa, pero no estaba perdido. Una vez en las alturas la orografía del lugar no es complicada. Seguí avanzando hasta donde creí que iba a encontrarme con la laguna, pero volví a meter la pata y me fui casi hasta el final del valle. Todo ello entre nieve, sin polainas y con la mojadura del río aún en mis botas. Toda una odisea que por otro lado fue muy gratificante. ¡¡¡Yo solo en aquellos parajes increibles!!!

 

Hasta aquí llegó el paseo ¿Puede ser la base del pico Murcia? Ayuda Please!!

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Entre tanta nieve abundaban las pisadas de animales.... que intriga

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Una última desde las alturas: abajo al fondo, Myriam y su siesta

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Se me estaba haciendo algo tarde y a buen seguro que Myriam ya estaría algo nerviosa, asi que inicié la bajada por el mismo sitio que subí. Sin embargo a la altura del maldito puente que no seguí antes, me encontre a tres chicas que subían hasta el pozo. Me dijeron que estaba ya muy cerca, así que me dirigí hacia allí sin pensarlo.

 

El Curavacas, la zona de los escalones y el buen camino

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En realidad, el pozo estaba a un paso

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El lugar es sobrecogedor, de esos que dejan huella. Sin embargo no tuve mucho tiempo para disfrutar de él. Había pasado seguramente más de una hora desde que dejé a Myriam descansando y decididamente tenía que estar preocupada. Así que hice unas cuantas fotos, toqué el agua congelada y bajé de allí arriba prácticamente a la carrera.

 

Abajo me esperaba Myriam con un buen bocata de queso y jamón. Como era lógico, ya estaba intranquila por mi tardanza. Me zampé el bocadillo mientras la relaté lo vivido y en un periquete iniciamos la bajada, pues las sombras comenzaban a ser cada vez más intensas y prolongadas.

 

Sobre las cuatro y algo iniciamos el descenso en bicicleta

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Volvimos a cruzar el paso estrecho, pero esta vez río abajo

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Nos lo pasamos de lo lindo cruzando charcos y más charcos

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Y ni que decir tiene que la bajada se nos hizo mucho más corta y relajada

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Las sombras y los reflejos calentaban un ambiente cada vez más gélido

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Un pequeño descanso en mitad del camino

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La cara sur del Curavacas cerca del final de la ruta

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Después de unos 35 kilómetros llegamos de nuevo a las proximidades de Vidrieros, donde pudimos ver con los últimos rayos de luz la cara sur del Curavacas, la gran mole que esta ruta permite "bordear" y disfrutar de su cara norte y sus lagunas. Estábamos algo cansados pero muy contentos con la experiencia. A buen seguro que no será la última expedición en bicicleta que se marca el Komando Gorteak.

 

Llegamos al coche y desde allí nos acercamos a un refugio de pescadores que más de uno de vosotros conocereis. Allí preparamos el fuego, la cena e hicimos los estiramientos oportunos. Todo en una noche más que fresca.

 

Un refugio de esos de matrícula de honor, con terraza con vistas al Carrión

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Aquella noche dormimos como niños, eso sí, después de celebrar nuestro "exito" con una botella y media de vino y de repasar la jornada. Tampoco faltaron los recuerdos a otras incursiones en la Montaña Palentina como cuando subimos con Gueli hasta las agujas de Cardaño, la ascensión con Jon y su tío a Peña Prieta, o la experiencia sensorial que vivimos junto a Lucho, Juan y Jon en este mismo refugio. No tardamos en cerrar los ojos mucho antes del cambio de hora.