FOTOS Y VIAJES DE UNA VIDA ...del Vitoko

De Marrakech a Essaouira (Marruecos 7)

Escrito por viajaresunreflejodelplacer 30-10-2008 en General. Comentarios (0)

Después del merecido día de descanso continuamos con nuestro periplo por Marruecos con las pilas bien cargadas. Nos enfrentábamos a nuestro séptimo día en el país, y teníamos como objetivo llegar hasta el oceano Atlántico y a la ciudad de Essaouria. Aprovechamos el día al máximo a pesar de que tuvimos algún que otro contratiempo. Aun así, llegar hasta la antigua Mogador, fue todo un acierto en los planes del Komando Gorteak. Es uno de esos sitios a los que hay que volver.

Aquella mañana también nos levantamos a eso de las ocho. Salimos del hotel cuando todavía el recepcionista dormía y salimos a las calles de Marrakech. De nuevo el día se despertaba lluvioso en la ciudad, asi que no tardamos ni cinco minutos en llegar al bar - restaurante que adoptamos como lugar de desayuno oficial.

Por mucho que llueva siempre escampa 

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Una vez desayunados, a eso de las ocho y media nos subimos en el taxi del hombre que nos había llevado el día que alquilamos el coche. Charlamos sobre las experiencias vividas, sobre el itinerario que realizamos y le comentamos nuestra intención de llegar hasta Essaouira. Nos llevó hasta la estación de bus de CTM, una de las que hace este trayecto. Pero el siguiente bus salía así como tres horas después. Teníamos esa opción o acercarnos a otra estación para intentar coger otro que nos dejar antes en destino. Al final optamos por coger billete para las 12 y aprovechar el tiempo para ver más rincones de Marrakech.

 

Como el taxista nos esperaba a la puerta a la espera de llevarnos a otra estación, le dijimos que nos acercara, por el precio pactado de antemano, a las tumbas saadianas, otro de los principales recursos turísticos de la ciudad que aún teníamos en el tintero. Nos dejó a la misma puerta del mausoleo, en el que estuvimos un buen rato.

 

Aquí descansa toda la dinastía saadiana

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Estuco, marmol, cedro.... de nuevo los ingredientes principales

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Uno de los lugares más visitados de la ciudad

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Este musoleo forma parte de la Mezquita El Mansur, pero la entrada se realiza por una puerta independiente. Las tumbas son una serie de habitáculos ricamente decorados donde descansan los restos de esta dinastía. Se agrupan entorno a un pequeño jardín. También hay tumbas en el exterior, y las más importantes son las que tienen una mayor cantidad de marmol. El lugar, ni que decir tiene, que es muy turístico, por lo que no es difícil encontarse con varios autobuses de visitantes en su interior.

 

El mausoleo principal o donde los turistas hacen cola

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Después de la entretenida visita, donde también hubo momento para foto de risas con un grupo de turistas tailandeses, salimos de nuevo a la calle. Retornamos desde las tumbas a la plaza caminando a paso tranquilo, intentando captar algún detalle más de la ciudad.

 

Artesanía por todos los rincones 

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Y también contrastes entre lo antiguo y lo moderno

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En la plaza tomamos un taxi que nos dejó de nuevo en la oficina de la CTM, situada en la ciudad nueva. Allí esperamos hasta que llegó nuestro autobús. A eso de las 12 salíamos en un cómodo, ámpio y rápido vehículo con dirección al mar. En total fueron tres horas de viaje en el que no faltó ni una parada en un mesón - tienda de carretera, ni la cabezada de rigor.

 

Un trayecto cómodo y entretenido entre paisajes llenos de olivares

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Cuando llegamos a Essaouira, eran las tres de la tarde y la estación de autobuses tenía una actividad frenética. Turistas, locales buscando plazas en peculiares autobuses, gente por todos los lados..... vamos, al más puro estilo Marrakech.

 

A pesar del gentío logramos centrarnos y antes de ir en busca de un hotel para pasar la noche decidimos sacar los billetes de vuelta para el día siguiente por si las moscas. Así lo hicimos y salimos de la estación en busca de la ciudad amurallada y evitando todos los ofrecimientos de cama, comida y otros menesteres.

 

Siguiendo a la gente no tardamos en dar con la calle principal

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La primera sensación que tuvimos al llegar a la parte amurallada de la ciudad fue explosiva. En su calle principal se concentraban cientos de personas y casi era imposible andar. El ambiente portuario se respiraba a cada paso y no dejábamos de estar algo intranquilos por haber llegado a un lugar hasta entonces desconocido y pintado de blanco y azul.

 

Lo primero fue llegar a la playa para ir en busca del hotel Smara

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No tardamos en encontrar la rue apropiada: la Sqala

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Todavía alucinados con esta medina que se inscribió dentro del Patrimonio de la Humanidad dimos con el hotel en un santiamén. Pagamos algo así como 10 euros por una habitación, pero lo mejor de todo fue sin duda la terraza. Nada más dejar las mochilas subimos hasta el último piso para comer un aperitivo y celebrar con vino marroquí nuestra llegada a Essaouira, un lugar que dice que atrapa y que a nosotros nos estaba causando una muy buen impresión a bote pronto.

 

Vista panorámica desde la terraza del hotel

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La habitación del Komando, con vistas a un patio de luz, recién ocupada

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Ni que decir tiene que no tardamos ni media hora en dejar las mochilas y salir a patear la ciudad. Un lugar apacible, que nada tiene que ver con la bulliciosa Marrakech y donde pasear significa descubrir rincones cada vez más sorprendentes. Toda una delicia.

 

La calle del hotel, escondida a la vez que céntrica

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El ambiente mercantil, otra seña de identidad de Essaouira

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Una de las calles principales, donde la vida late y late

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Dicen de esta ciudad que es una de las mejor construidas, de echo significa la bien diseñada. Tiene dos arterias principales y perpendiculares que la cruzan de lado a lado. Luego hay algunas calles que las comunican entre sí y decenas de callejuelas que llevan a casas particulares o que unen distintos barrios. La medina no es demasiado grande y el tráfico está prohibido.

 

Solo las motos, las bicis y los peatones se pueden perder por la medina

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Las puertas también son otro distintivo de la ciudad

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Y su población es menos atosigante y más cordial y cercana

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Callejones blancos en una ciudad musa

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La ciudad, antigua Mogador portuguesa, tiene una dilatada historia desde la época romana. Fue un importante puerto de comercio y aunque entró en decadencia por la competencia de otros más importantes, ha logrado recuperar esa especie de magia que se respira por sus calles y que hizo llegar a multitud de artistas. Desde directores de cine como Orson Welles a músicos como Jaime Hendrix entre muchos otros.

 

Paseando por las arqueadas callejuelas de la medina

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Un poco de ojo de pez para ampliar la mirada dentro y fuera

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No había calle que no mereciese una fotografía, todas competían en belleza

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Durante el entretenido paseo nos dimos cuenta de que Essaouira es una ciudad en la que se vive de manera tranquila. Es un lugar perfecto para descansar, suficientemente atractivo y con playa, lo que hace que sea también un importante foco turístico. No faltan ni los rastas sin pasta, ni los surferos, ni los bohemios ni mucho menos los artistas de la pista.

 

Después de callejear debidamente por la medina amurallada, nos fuimos a la zona del puerto, donde el cielo comenzaba a colorearse gracias al atardecer. Una auténtica guinda del pastel que venía a rubricar el acierto de pasar una noche en Essaouria durante el primer viaje del Komando a Marruecos.

 

Essaouira, ir es volver

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Comienza el ocaso frente al gran océano Atlántico

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Las gaviotas sobrevolando el puerto y la puerta de la marina

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El puerto lleno de barcos, aquel día solo faenaban hombres con neumáticos

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En el puerto pudimos ver como se subasta el pescado y también comprobamos el intenso olor que esto produce. Por instantes hay que mantener la respiración si uno es de esos de estómago flojo. Mucho de este pescado lo venden en el suelo, lo que no ayuda a la sensación de limpieza. Aun así, merece la pena un paseo por la zona.

 

El lugar donde se subasta el pescado en primer término

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El cielo estaba tan interesante que no podíamos perdernos el espectáculo

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Y aguantamos frente al mar hasta que los colores desaparecieron del cielo

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Tras el inolvidable atardecer nos fuimos en busca de algún sitio para cenar. Intentamos dar con las "tascas" donde hacen pescado a la brasa, pero la necedad nos lo impidió. Estuvimos a un paso pero no las vimos, por lo que nos decantamos por un económico menú en una de las terrazas próximas al puerto. No estuvo nada mal.

 

Después de la cena continuamos saboreando los rincones de la ciudad, pero esta vez de noche. La ciudad ya nos había cautivado de día, y la oscuridad no hacía nada más que aumentar esa sensación.

 

Paseando por los pasadizos en nuestra penúltima noche en Marruecos

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Como se acercaba el final del viaje había que ir pensando en los souvenirs y regalos varios. Así que fuimos probando suerte y regateando hasta conseguir algún bolso de cuero y otros productos típicos. También tuvimos la oportunidad de conocer la tienda de un joven bereber que nos enseñó curiosas piezas: el chupete - collar, la pulsera - tocador, amuletos que marcan el rito del matrimonio bereber...

 

Amigo, mejor precio garantizado, has echo buena compra

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La noche avanzaba pero no queríamos dejar de pasear por Essaouira

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Debíamos agotar hasta el último minuto porque la ciudad lo merecía

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Sólo cuando la medina se quedó practicamente vacía, a eso de las doce de la noche, nos fuimos para el hotel. Allí disfrutamos un poco más de la terraza y descansamos de un día que, aunque no lo parezca, fue bastante intenso. Dormimos plácidamente con el sonido de las olas como telón de fondo.

Regreso a Marrakech (Marruecos 6)

Escrito por viajaresunreflejodelplacer 29-10-2008 en General. Comentarios (0)

El sexto día en Marruecos fue algo así como de transición. Era nuestra última jornada con el coche de alquiler y teníamos que devolverlo antes de las ocho de la tarde. Amanecimos en Ait Benhadou y a pesar de que teníamos todo el día por delante, decidimos darnos un descanso, hacer el viaje hasta Marrakech tranquilos y aminorar un poco el ritmo del viaje, que sin duda, en los últimos días había sido endiablado. 

 

Nos despertamos a eso de las nueve de la mañana y todavía teníamos resquicios de las agujetas del viaje en dromedario. Desayunamos de lo lindo en el hotel y emprendimos la marcha hacia Marrakech sin prisa, pero sin pausa y disfrutando de los paisajes.

 

Abandonamos el hotel con el clio con culo, a la izquierda

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La primera parada en las formaciones rocosas situadas junto a Ait Benhadou

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Teníamos toda el día por delante, asi que fuimos subiendo la tradicional carretera que comunica Ouarzazate con Marrakech por el paso más alto de Marruecos. De camino fuimos disfrutando a cada kilómetro de unos paisajes que ya nos habían cautivado en nuestro primer día con el coche. Esta vez, el viaje fue más relajado, pues cada dos por tres hacíamos una parada de rigor para sacar alguna que otra foto.

 

Muestras de vegetación en un lugar roto por la sequedad 

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Paisajes rocosos, austeros pero también coloridos

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Un recorrido realmente entretenido

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Y poco a poco llegamos al alto del Tichka, el más alto del país

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La bajada en dirección Marrakech es bastante más larga que hacia Ouarzazate. La carretera va describiendo curvas impensables entre cortados de vértigo y pueblos que se asoman a uno y otro lado del abismo. También bajamos más despacio, aprovechando los miradores naturales de cada giro. Era justo y necesario.

 

Panorámica del valle y la carretera a la derecha

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Formas en formol y pueblos encaramados a la misma montaña

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¡¡Agarrate que vienen curvas!!

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Poco a poco las horas fueron pasando y los kilómetros cayendo. Teníamos tiempo para hacer alguna incursión por uno de los muchos valles que se abren en las proximidades de Marrakech, pero decidimos que no estaría nada mal un día de estos tranquilos en mitad del ajetreado viaje. Así lo pensamos y así lo hicimos. En vez de devolver el coche a última hora, preferimos entrar en la gran urbe con tiempo suficiente. Aun así seguimos haciendo el viaje en coche de manera pausada.

 

Naturaleza abrupta y pueblos tradicionales

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¡¡Atentos!! Hay dos pueblos en esta foto

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El último tramo de la bajada nos sirvió para volver a tomar contacto con los pueblos camuflados. En la foto de arriba podeis ver como las construcciones se entremezclan con el paisaje incluso donde el color de la montaña es distinto. Si no estabas bien atento, podías pasar por encima más de un barrio.

 

Justo antes de entrar a Marrakech aprovechamos para hacer compra y recoger un poco el coche. Rehicimos las maletas para los próximos días y nos metimos de lleno en el barullo de la ciudad. Coches por aquí, un hombre con un carro por allá, un burro por detrás, una bicicleta, cuidadado que cruza un hombre por mitad de la carretera, a ver ese camión que va a hacer un giro prohibido.... y así hasta que dimos con la oficina.

 

Nos perdimos un poco, pero con algo de intuición y mucho de orientación lo conseguimos. Devolvimos el coche a eso de las cuatro de la tarde y nos los dueños de la empresa (Najm - Car, por si no lo había dicho) nos acercaron hasta la plaza Jenna El Fna. Allí sólo tuvimos que ir directos a un hotel que ya habíamos fichado durante los primeros días del viaje.

 

Tuvimos suerte de coger una de las últimas habitaciones por unos 10 euros la noche. Pagamos, dejamos las mochilas, comimos algo y salimos a disfrutar del atardecer. Pero lo hicimos como estaba siendo el día: de manera tranquila y sosegada.

 

El patio del hotel Essaouira o el seguno hogar en Marrakech

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Un pequeño paseo por las callejuelas de la medina

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Y de nuevo la vorágine de Marrakech y su caótico tráfico

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Aprovechamos las últimas horas de la tarde para ir por zonas desconocidas

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Para conocer lugares que no habíamos visto los primeros días del viaje

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E incluso nos hacercamos a la zona de los palacios

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Aquí tuvimos un pequeño encontronazo con un niño marroquí. Estábamos paseando por los jardines y sacando fotos cuando apareció de la nada y se pegó a nosotros como una auténtica lapa. Lo peor no fue eso, sino que el niño no debía estar muy bien porque no hacía más que hablar solo y descojonarse. Intentamos librarnos de él varias veces, y también se lo rogamos. Hicimos amago de subir a un taxi, pero ni por esas. Al final, bastante hartos, le amenazamos con llamar a la polícia y nos dejó en paz. Una cara más amarga de un país que a pesar de ser trabajador, rezuma pobreza y miseria.

 

Una de las muchas puertas que marcan la entrada a la medina

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Después de paseo, decidimos ir a tomar un té a una de las muchas terrazas que hay en los alrededores de la gran plaza. Era el día perfecto para ver atardecer saboreando el ocaso a cada sorbo de menta. Fue la ocasión perfecta para sacar alguna foto desde las alturas y ver cómo se llenan las mezquitas y la ciudad con la puesta del sol.

 

Algunos cuentacuentos junto a la plaza

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Sin darnos cuenta el cielo se fue coloreando y las luces encendiendo

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La llamada a la oración estaba más que cantada a estas horas ¡Alucinante!

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Las mezquitas se convirtieron en hervideros de gente

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Mientras las últimas luces no querían desaparecer

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Y finalmente se hizo la noche y la plaza comenzó a llenarse de ambiente

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Después del té y el atardecer dimos un paseo más por los alrededores de la plaza y siempre con cuidado de no salirnos demasiado. Era nuestro día de relax y tampoco queríamos andar por lugares tan bulliciosos como los zocos después de tantas aventuras vividas durante los últimos tres días con el coche. Así que ni cortos ni perezosos nos fuimos al hotel más pronto que tarde. Allí descansamos de un día de descanso, algo que siempre viene bien en viajes tan intensos como éstos. Sobretodo para recapacitar y hacer balance de un viaje que se acercaba peligrosamente a su final.  

 

Haciendo estiramientos y también el pelelón en la habitación del hotel

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Antes de dormir dimos un buen repaso a la guía para conocer la siguiente parada de la expedición. Nuestra intención era abandonar de nuevo la ciudad para acercarnos a la costa atlántica, donde pasaríamos la penúltima noche en Marruecos. Soñamos imaginándonos la ciudad que nos vería llegar y dormir al día siguiente: Essaouira.

Fiesta pirata en Erkoreka - San Juan de Gaztelugatxe

Escrito por viajaresunreflejodelplacer 21-10-2008 en General. Comentarios (1)

El fin de semana del 11 de octubre nos dejamos caer por el País Vasco. Nos habían invitado a una fiesta pirata a la que no podíamos faltar. La cita era en el caserío Erkoreka, situado en un emplazamiento espectacular. Las vistas dan directamente al Cantábrico, concrétamente a San Juan de Gaztelugatxe, uno de los lugares más mágicos de la costa vasca. De la fiesta, en concreto, no hicimos apenas fotos. Sin embargo aquí os dejamos unas cuantas imágenes del lugar y del caserio.

 

Salimos de Asturias el viernes por la tarde -noche. Allí, en el caserio bizkaino nos esperaban Jon y Aitor, nuestros contactos en la jarana y txalapartaris de lujo en San Esteban. También estaban por allí Itxi, la hermana de Aitor, y su hermano Beñat. También había más gente.... pero ya se sabe que en esto de las fiestas lo de los nombres........

 

El sábado por la mañana "madrugamos" del tirón

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Todavía había alguno que resistía, como el gran Pichi, Fernando el de la manta para muchos, que había llegado a Bakio casi de carambola horas antes. Los dos nos fuimos a dar un paseo hasta la ermita de San Juan de Gaztelugatxe. Todo un derroche para los sentidos con el sol recién levantado.

 

Panorámica con el prao de la fiesta en primer término

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Las primeras luces iluminando la ermita de San Juan de Gaztelugatxe

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Bajamos directos y enfilados directos a la playa

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Donde la marea estaba baja, baja

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El pichi en las alturas y yo en las bajuras

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Formas curvilíneas junto al puente que comunica la isla

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Y pronto aparecieron los primeros reflejos de Gaztelugatxe

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Y también sus luces de alba y sus texturas

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Otra más de los reflejos con encuadre diferente

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¿Y si probamos viendo la foto al reves?

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Hubo decenas de tomas, esta es una de las que más me gusta

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Despues de indagar por la zona intermareal nos decantamos por subir hasta lo alto de la capilla. Un vía crucis muy particular que se alargó casi durante 3 horas. A cada paso salía algún detalle o cambiaba la luz. Una mañana de esas en las que merece la pena madrugar para cazar imágenes.

 

Luces, contraluces y otras subexposiciones

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Pichi, triunfante, en lo alto de la ermita

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Un interior muy límpido y marinero

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Pescador de olas en Gaztelugatxe, Bizkaia

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La bajada también entretenida, como la escalera de subida

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A cada paso una parada, si no era una mora, era un lagarto o una araña

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Cuando regresamos al baserri o caserío, había gente que ya estaba desayunando. Luego pasó un poco de todo. Volvimos a Bermeo, dónde la noche anterior habíamos tomado unos txakolis, con Fernando y con Jon. Después del poteo, regresamos por el Cabo Matxitxako hasta la fiesta. La Myriam se cogió la cámara y se metió en el caserío para traeros unas cuantas fotos.

 

Todo era como antaño, como volver cien años atrás

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El piso de arriba de la fiesta pirata que congrégó a unas 40-50 almas

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Detalles de un caserío festivo

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Y la parte de abajo, con la gran chimenea

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Después llegó la comida, y la cena, y la fiesta en general. Al día siguiente nos fuimos con Pichi hasta Bilbao, para que lo conociera. Allí estuvimos de vermouth hasta la una de la madrugada. También nos acompañó David Voluble y Vero Astrabudua entre otros. La dormimos en Solokonletxe y a la mañana siguiente regresamos a casa.

Desierto, carretera y Ait - BenHaddou (Marruecos 5)

Escrito por viajaresunreflejodelplacer 20-10-2008 en General. Comentarios (2)

El amanecer de aquella mañana que significaba el quinto día de expedición en Marruecos fue de lo más sobresaliente de la jornada. Pero hubo mucho más. Pasamos de un alba en el desierto a un atardecer en uno de los ksar mejor conservadas del país después de horas y horas de conducción por lugares remotos y de singular belleza. Una intensa jornada que comenzó a las cinco y media de la mañana después de haber subido a lo alto de la gran duna hacía unas horas.

 

Cuando nos despertamos, todavía no había salido el sol pero ya clareaba, lo que nos sirvió para ver el lugar donde habíamos pasado la noche. Nos frotamos los ojos, nos quitamos las legañas como buenamente pudimos y nos fuimos a un alto para poder ver mejor el amanecer. Allí otros tantos jóvenes de distintas procedencias esperaban ansiosos el espectáculo de ver las dunas cambiando de color. 

 

Cuando levantarse a ver salir el sol es toda una necesidad

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Sin perder un detalle y rodeados de kilómetros de dunas

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La luz comienza a actuar y cambia las tonalidades de la arena

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Sin palabras para describir las escenas cotidianas del desierto mañanero

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A pesar de haber dormido un par de horas escasas después de la ascensión nocturna a la duna, estábamos eufóricos. La sensación de ver cómo se colorean los montones de arena es toda una experiencia muy recomendable para todos los sentidos. Casi no podíamos ni hablar y todavía atontonados buscamos alguna que otra imagen del desierto para compartir con vosotros. No había mucho tiempo, pero sí una luz bastante interesante.

 

Restos de vida en el desierto o huellas de algo extraño

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Trazado sinuoso en las dunas de Merzuga

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Amanece que da gloria en el desierto, y calienta que no veas

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Luces y sombras o alucinados y asombrados

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El desierto es algo que deja huella y no se olvida así como así

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Las primeras luces del día nos estaban regalando unas imágenes increibles. También nos permitieron ver el oasis al que habíamos llegado la noche anterior. Pero el tiempo apremiaba y nuestro guía ya tenía todo preparado para volver a Merzuga. Asi que aprovechamos los últimos instantes antes de subir de nuevo al dromedario para emprender un trayecto de otras dos horas de vuelta.

 

El oasis y el Erg Chebbi comenzándose a levantar a su derecha

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Y más a la derecha la gran duna y nuestra haima en primer término

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Recogimos lo poco que habíamos llevado con nosotros y nos subimos de nuevo en el dromedario. De nuevo el constante movimiento nos acompañó durante todo el trayecto. También nos acompañaron las dunas, la tranquilidad que estas irradian y el sol mañanero que comenzaba a apretar. A eso de las seis de la mañana salíamos del oasis con dirección a Merzuga.

 

Sensación de paz a pesar del madrugón

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Luces cambiantes, formas reptantes y amplitud de horizontes

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El trayecto de vuelta se nos hizo más corto. Daba cosa irse alejando de las dunas para volver al pueblo, pero las sensaciones vividas no nos las quitaba nadie. Seguíamos aterrizando en el desierto y ya lo estábamos dejando atrás. Una breve pero muy intensa experiencia donde no faltó nada. Un recorrido para enmarcar.

 

Por estos terrenos concretos pasa el rallye hacia Dakar 

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Cuando llegamos al albergue - hotel serían algo así como las ocho de la mañana. Allí nos esperaba un reconfortante desayuno que engullimos mientras aparecían los primeros síntomas de las agujetas post - dromedario. Era pronto, pero por delante teníamos una larga jornada de conducción. Era el penúltimo día de alquiler de coche y teníamos que ir aproximandonos a Marrakech, donde dejaríamos el coche al día siguiente. Estábamos lejos de todo, asi que emprendimos el viaje casi sin pensarlo.

 

Calle principal de Merzuga o un desierto en el desierto

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Nuestra intención era llegar desde Merzuga hasta Zagora, otro pueblo a las puertas del desierto situado a unos 250 kilómetros. Era una manera de conocer nuevos paisajes de Marruecos y de hacer el viaje de vuelta por un lugar distinto al de llegada. Tuvimos que regresar a Rissani, donde tomamos la carretera nacional 12.

 

Esta carretera estaba cortada el día que llegamos al desierto (unas 16 horas antes). Por suerte nosotros la pillamos abierta, pero no nos libramos de cruzar otro río con el coche. Después de la jornada anterior parecía que lo del agua lo teníamos más o menos asimilado. Fue la primera de las sorpresas de este itinerario que transcurrió por paisajes prácticamente desérticos dónde era díficil ver un pueblo.

 

Camellos a pie de carretera y desde el coche 

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Uno de los autobuses que unen los pueblos del sur de Marruecos

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A pesar de lo desértico del paisaje, había que estar atento a la carretera. Tan pronto aparecía una furgoneta como la de arriba, como una llena de cabras por el techo o camiones cargados el doble de lo permitido. Cruzarse con ellos era una peripecia en una carretera más que estrecha.

 

Escasa vegetación salpicando paisajes semi - deserticos

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A parte de los pocos pueblos, también nos salió al paso algún que otro pastor sediento. Escasos rebaños, poca vegetación, paisajes lunares salpicados de formas caprichosas y poco más durante el trayecto. Un recorrido algo soporífero sólo mitigado por el aire acondcionado del coche.

 

El sol pegando de lo lindo a eso del medio día en algún lugar del mapa

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Cuando llegamos a la altura de Tazarín, la carretera volvió a darnos una sorpresa. En este punto la carretera hacia Zagora se bifurca. La nacional se convierte kilómetros más adelante en una pista no apta para turismos, por lo que tuvimos que desviarnos por una estrecha y entretenida carretera regional que nos llevaría cerca de Agdz.

 

Fue una pena, porque nos quedamos con ganas de conocer Zagora y subir por el valle del Draa. Pero no era plan de andar arriesgando, ya que en la guía explicaba que la pista era peligrosa y aún estábamos lejos de la civilización.

 

Atención, conduzca con precaución, camellos en la calzada

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Después de una hora de carretera regional llegamos al valle del Draa

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Este valle se extiende hacia el sur y es otro de los palmerales más llamativos de Marruecos. Rodeado de un paisaje árido, el cauce del río se ve engalanado con miles de palmeras durante decenas y decenas de kilómetros. Además en los pueblos también se puede observar las tradicionales kasbas y la arquitectura del adobe. Todo un rincón por disfrutar que nosotros sólo pudimos saborear en su zona más alta. Aun así, mereció la pena.

 

Pueblos tradicionales con las moles montañosas al fondo 

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En Agdz, la población más grande que nos encontramos durante lo que llevábamos de día, hicimos una parada para repostar. Comimos algo y continuamos el viaje en un día donde el calor era sofocante a pesar de estar a finales de septiembre. Desde Agdz continuamos con dirección a Ouarzazate cruzando una vez más un alto de montaña.

 

Las formaciones geológicas de este tramo son expectaculares

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Y la carretera obligaba a ir despacio para disfrutar de las vistas

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En las proximidades del Tizi-n´Tinififft, a unos 1.600 metros de altitud

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Desde lo alto del puerto sólo tuvimos que bajar hasta la altiplanicie donde se asienta Ouarzazate. Sin embargo esta ciudad no era nuestro punto de destino, pues ya habíamos visto que no tenía demasiado interés. Continuamos entonces hasta el ksar de Ait - Benhadou, una de los más grandes y mejor conservados de Marruecos.

 

Cuando llegamos a este sitio erán casi las cinco de la tarde. Llevábamos todo el día conduciendo por carreteras desérticas y después de un madrugón de película, por lo que primero que hicimos fue conseguir un hotel para pasar la noche y darnos una buena ducha. Al final nos decantamos por el hostal Étoile Filante D´Or, donde contratamos cena, alojamiento y desayuno por unos 37 euros. Nos duchamos y salimos a patear el antiguo pueblo, que tenía una pinta muy interesante.

 

El viejo Ksar de Ait - Benhadou al otro lado del río ¿Quiere cruzar en burro?

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Con las agujetas que teníamos preferimos hacerlo caminando

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En este ksar se han rodado unas cuantas películas y está declarado Patrimonio de la Humanidad. En la actualidad viven en el unas diez familias que no dudan en enseñaros su casa a cambio de una propina. El pueblo es un laberinto de calles repletas de construcciones de adobe. Una verdadera maravilla que además tuvimos la suerte de visitar a última hora de la tarde y sin apenas turistas.

 

Una de las muchas torres del ksar

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En la tienda de un agradable morador de Ait - Benhadou

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El simpático amigo nos enseño alguna de las estancias de su casa, donde la luz era prácticamente inexistente. Luego nos dejó sacarnos una foto en su pequeña tienda de souvenirs a cambio de un euro. Todo casi sin entendernos y al más puro estilo Berlanga. Después de la explicación continuamos la visita descartando los múltiples ofrecimientos de los vecinos.

 

Subimos a lo alto del pueblo para disfrutar de las vistas

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No solo el pueblo es de película, también su entorno

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Y la luz del atardecer era de impresión

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No hay fecha exacta sobre la datación de este conjunto de kasbas. Unos dicen que es del siglo VIII, otros del XI, o del XII.... Lo cierto es que darse un paseo por estas calles significa retroceder a la época medieval. La pena es que hay muchas casas que están deshabitadas y que han sido fruto del olvido. La Unesco sigue trabajando en la recuperación del ksar, pero todavía es posible meterse en casas semi - hundidas.

 

El interior de una de las viviendas del viejo pueblo 

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Adobe por doquier y curiosas decoraciones

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En cualquier calle se percibe el ambiente de antaño

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Estábamos tan ensimismados con el sitio que hasta nos perdimos el uno del otro. Que si voy a hacer una foto aquí, que si me meto en este hueco...Vamos que estuvimos un rato buscándonos y dando gritos hasta que volvimos a encontrarnos.

 

Escondidos entre las ruinas de Ait - Benhadou

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Casi sin darnos cuenta la luz fue desapareciéndo. El sol se metió y la oscuridad comenzó a planear sobre el ksar. Los turistas desaparecieron por completo, pero nosotros quisimos aprovechar al máximo y apuramos hasta el último minuto para disfrutar de este lugar que nos estaba dejando un buen sabor de boca.

 

A partir de este momento todo fue oscuridad y tranquilidad

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Continuamos el paseo y las fotos comenzaron a salir movidas por la falta de luz. Cuando ya no se veía ni a jurar comenzamos a buscar la salida del pueblo. Hay cuatro entradas, pero dos de ellas pasan por casas particulares que se cierran cuando anochece. Así que tuvimos que salir del pueblo por la puerta "falsa", construida para los rodajes de La joya del Nilo y Sodoma y Gomorra.

 

Al final dimos con la salida oportuna, que obliga a dar un rodeo de película

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El sendero nos llevó, a oscuras, por las afueras del viejo pueblo. Luego tuvimos que cruzar el río, y dar con nuestro hotel. Sin embargo la experiencia mereció mucho la pena. Solo podíamos terminar el día que vimos amanecer en el desierto en un lugar con tanta magia como Ait - Benhadou.

 

La noche silueteando el perfil del gran ksar

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Y un último reflejo nocturno en el río

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Después de una intensa jornada llegamos al hotel a eso de las ocho, hora a la que habíamos quedado con el dueño para cenar. El hombre, muy atento y agradeble y de cuyo nombre no nos acordamos, nos preparó la mejor cena del viaje. Una cocina tradicional a base harira (sopa) y una especie de sofrito con huevo, cebolla, carne y otros manjares que nos quitó el hipo. Luego vino el melón, el té y una breve charla con el dueño. Caimos en la cama rendidos.

 

Del Dades al desierto de Merzouga (Marruecos 4)

Escrito por viajaresunreflejodelplacer 15-10-2008 en General. Comentarios (7)

Aquel cuarto día en Marruecos fue uno de los más inolvidables de todo el recorrido. La jornada nos deparó muchas y variadas sorpresas. Desde la visión de los paisajes del Dades por los que la noche anterior deambulamos, hasta la sensación de dormir en el desierto sin olvidar múltiples peripecias con el coche y con el tiempo. Un día en el que fuimos de las gargantas del Dades a las dunas de Merzouga pasando por las gargantas del Togdha, el palmeral de Tinerhir, la ciudad de Rissani y otras glorias.

 

Nos despertamos en las proximidades de las gargantas del Dades a eso de las ocho de la mañana y lo primero que hicimos fue flipar con las vistas. La noche anterior habíamos llegado a nuestro hotel sin luz y entre oscuras carreteras endemoniadas, así que no habíamos podido disfrutar del paisaje. De ahí que antes de desayunar nos diéramos un paseo por los alrededores para empaparnos del lugar en el que habíamos pernoctado.

 

 

La kasba Aït Arbi dominando el valle del Dades visto desde el hotel homónimo 

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Luces y sombras a primeras horas de la mañana

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Panorámica del valle desde la terraza del hotel

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Y el sabroso desayuno que nos preparó Ahmed

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Con los sentidos aún a flor de piel desayunamos rompiendo una vez más el Ramadán. Lo hicimos mientras disfrutábamos de las vistas que ofrecía la terraza y observando las consecuencias de la gran tormenta. Los campos estaban inundados, el puente para cruzar el río no existía y los corrimientos de tierra eran palpables. A pesar de esta visión "catastrófica", las formas y colores de la montaña daban un aspecto sublime al valle.

 

Nos despedimos de Ahmed con un "hasta la próxima" y continuamos nuestro viaje hacia las gargantas del Dades, situadas una decena de kilómetros río arriba. Cruzamos carreteras arrasadas por la riada y llenas de curvas hasta un alto desde el que tuvimos una magnifica visión de los profundos cortados. Un expectáculo inmenso.

 

Tan inmenso que ni el ojo de pez puede reflejarlo en toda su intensidad

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Lo de la carretera sinuosa hasta el alto no es ninguna broma

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Después de perder la noción del tiempo observando las gargantas, iniciamos el descenso por el mismo valle, ya que la carretera se convertía, río arriba, en una pista sólo apta para todoterreno. A la bajada no podíamos dejar de detenernos a cada paso.

 

¿A quién no le apetece un paseo a la vera del río?

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El valle del alto Dades o un capricho de la naturaleza

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Desde las gargantas había que volver a la carretera nacional 10. Teníamos por delante otro montón de kilómetros antes de llegar hasta el desierto de Merzouga. Aun así, el recorrido nos sirvió para enamorarnos de este valle. Aquí no faltan las escenas tradicionales, ni los paisajes plagados de formas caprichosas, ni mucho menos las construcciones de adobe. Todo en un ambiente tranquilo y donde todavía el turismo no es sinónimo de  aglomeraciones.

 

Las mujeres son las que llevan el peso de la sociedad

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La "carretera" tres días después de la riada

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Dades, sinónimo de kasbas y formaciones caprichosas

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Adobe camuflado entre formaciones de cuento

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Un paisaje que impresiona tanto de día como de noche

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Limpiando las alfombras después de las lluvias

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Retomamos el valle principal y la carretera Nacional 10

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En este momento los paisajes montañosos cambiaron por otros mucho más llanos y áridos. Continuamos así unos 50 kilómetros, hasta que llegamos a la ciudad de Tinerhir. Allí cambiamos algo de dinero y nos desviamos por la carretera del valle del Todgha.

 

El gran palmeral de Tinerhir con sus construcciones camufladas en la montaña

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Los primeros kilómetros de este valle se realizan con un enorme palmeral como telón de fondo. También al fondo se intuyen otras de las hoces más famosas de Marruecos: las gargantas del Todgha, un auténtico centro de reuinión de escaladores. La carretera, ni que decir tiene, que estaba completamente devastada por la subida del río.

 

Entramos en la zona abrupta del valle

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Seguíamos haciendo fotos desde el coche y sobre la marcha

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Cada vez más cerca de las gargantas, pero al loro con la carretera

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Como podeis ver en la foto de arriba, el camino era bastante duro. Tierra, charcos, estrecheces... Y todo ello con el aliciente que suponen los numerosos taxis y autobuses que recorren diariamente esta carretera, muchos de ellos con turistas. Decidimos entonces que no nos merecía la pena seguir subiendo. No teníamos demasiado tiempo y nos iba a costar más de una hora volver a ponernos en carretera hacia el desierto. Además, así dejábamos la puerta abierta a futuras incursiones.

 

Palmeras en el encajonado valle del Todgha

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Nos dió algo de pena no subir hasta la entrada a las gargantas porque la zona lo merece. Auténticas paredes de roca con pueblos encaramados y un río que hasta bien arriba está lleno de palmeras. Aun así el lugar está más masificado que el Dades.

 

Todavía nos quedaban unas cuantas horas de camino para llegar hasta el desierto, asi que volvimos a Tinerhir, donde nos esperaba de nuevo la carretera nacional 10.

Los kilómetros volvieron a transcurrir entre llanuras rotas por montañas lejanas.

 

Más formas caprichosas a pie de carretera

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Cruzamos pueblos recónditos llenos de niños

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Donde el asfalto y la riqueza brillan por su ausencia

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Con paisajes y paisanajes de esta guisa llegamos hasta Tinejdad, donde la carretera se bifurca. A la izquierda sube hasta Er - Rachidia, y a la derecha se dirige hacia el sur y la ciudad de Erfoud. Fue en este momento cuando abandonamos la carretera nacional 10 y tomamos la regional 702, mucho más entretenida.

 

Habíamos echo unos 90 kilómetros por esta vía y nos íbamos acercando al desierto. Pero de pronto, nada más salir de uno de los pueblos que atravesamos nos dimos de bruces con algo inexperado: un río desbordado cruzando la carretera. Nos quedamos completamente alucinados, y para más coña, un joven no dejaba de pedirnos que le lleváramos. Decía que se les había estropeado el coche al cruzar y que tenían que llegar al desierto. Que nos daba dinero si hacía falta y que nos ayudaría a cruzar otros rios desbordados en el camino.

 

Rechazamos la propuesta por si las moscas y cruzamos el río casi a remo

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La sensación que tuvimos en esos momentos es inexplicable. El agua llegaba hasta los bajos por lo que cruzamos casi sin pensarlo. Era ésto o volver carretera atrás y hacer muchos más kilómetros por otra zona. Todavía temblorosos continuamos hacia el desierto, mientras otros cruzaban los ríos a lomos de burro.

 

Aunque borrosa, y desde el coche, no deja de ser graciosa 

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Después del difícil trago las primeras dunas salieron a nuestro paso

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Antes de llegar a Erfoud la carretera nos volvió a sorpender. En este caso el "problema" estaba señalizado y se limitaba al movimiento de las primeras dunas que ocupaba un carril de la calzada. Vamos, que sin salir de una ya estábamos metida en otra.

 

En Erfoud tomamos la desviación hacia Rissani antes de llegar a la ciudad. Estábamos a unos 70 kilómetros del desierto y se notaba en el ambiente. Sin embargo las aventuras no cesaron, ya que nada más dejar atras Erfoud y sus complejos hoteleros de cinco estrellas el agua volvió a aparecer de manera preocupante.

 

Junto al desierto y rodeados de campos completamente anegados

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La carretera convertida de nuevo en embalse, ¡Menudo viaje, compi!

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Superamos largos tramos de río - carretera y llegamos a la ciudad de Rissani todavía envueltos en un halo de intriga, nervios y sorpesa. Esta ciudad fue la primera imperial de Marruecos y cuna de la dinastía alauita, que actualmente gobierna el país. Allí también está el mausoleo del fundador esta familia. También fue paso obligado de las caravanas con origen y destino al otro lado del desierto. Más allá de esto, la ciudad tiene poco más que ofrecer.

 

La puerta de entrada a la última ciudad antes de las estribaciones del desierto

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Desde Rissani a Merzouga, donde se encuenta la duna de Erg Chebbi, hay unos 50 kilómetros. Pero de camino uno ya puede disfrutar de las vistas de esta duna que tiene unos treinta kilómetros de largo y entre cuatro y ocho de ancho. No es el gran desierto que hay más hacia el sur, pero al menos sirven para intuir lo que significa.

 

Las primeras muestras del Sahara, por fín ante nuestros ojos

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Estábamos a tiro de piedra del desierto, pero llegar hasta allí no fue tarea fácil. Mientras nos acercábamos, unas extrañas nubes que presagiaban tormenta hicieron acto de presencia. Nosotros estábamos completamente acojonados, ya que pensábamos que otra tromba de agua nos dejaría aislados durante al menos unos cuantos días. Viendo como estaba la carretera, con un poco más de agua salir de allí hubiera sido una odisea. Sin embargo la suerte nos sonrió, ya que la tormenta fue de arena.

 

Al fondo nuestro destino bajo las inclemencias atmosféricas del desierto

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Entramos en Merzouga escoltados por una tromba de arena

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Llegar a Merzouga era todo un hito en el viaje. Pero ninguno de los dos nos imaginábamos este lugar como nos lo encontramos. Intentamos centrarnos para buscar un hotel que nos había recomendado Ahmed esa misma mañana, pero no tuvimos suerte. Al llegar a este pueblo se cruza una especie de puerta y se acaba el asfalto. Continuamos unos metros por un camino pero tuvimos que darnos la vuelta al encontrarnos de cara con las dunas.

 

En ese momento un hombre que nos venía siguiendo en moto desde que entramos en Merzouga nos ofreció cama y/o excursiones por el desierto. Naturalmente nosotros estábamos bastante perdidos y aturdidos con el jaleo de la tormenta, asi que tras comprobar que los precios eran los adecuados le seguimos hasta el hotel - albergue Les Pyramides.

 

Aparcamos el coche todavía con la tormenta azuzando

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Ali, como se llamaba el hombre que nos acompaño, nos enseñó las habitaciones. En cuanto le dimos el visto bueno nos preparó un té símbolo de hospitalidad bereber. Mientras tanto nos enseño un album de fotos y no dejó de animarnos a realizar una excursión por el desierto. Al final nos convenció para hacer dos horas en dromedario, cenar y dormir detrás de la gran duna, ver amanecer y volver al albergue a desayunar después de otras dos horas de caminata por unos 33 euros persona. !¡No habíamos llegado hasta aquí para quedarnos en un hotel a las puertas del desierto!!

 

Poniendo al día el cuaderno de bitácora que pronto estará en las ondas

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Una vez cerrado el trato, Alí se fue al pueblo a por un par de turbantes, tiempo que aprovechamos para dar crédito a lo que nos estába pasando. Después de todo lo vivido durante la intensa jornada, el viaje estaba dando de nuevo un giro inesperado. Alí volvió a la recepción - salón de té donde nos había dejado y le preguntamos que cuando partíamos. La respuesta fue clara: en 5 minutos.

 

Y sin tiempo para creernoslo estábamos en estas condiciones hacia Erg Chebbi

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Comenzamos a sentir lo que significa el desierto

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Y a descubrir formas hechas en vivo y en directo por el viento

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El komando viajando en dromedario, menuda experiencia

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La verdad es que moverse a lomos de estos animalejos no es muy agradable. Es como un caballo pero con dimensiones exageradas y con unos movimientos que parece que te van a tirar de allí arriba. Las agujetas están aseguradas. Aún así la magia del desierto borraba todos los inconvenientes, incluso los coletazos de la tormenta de arena que continuaban en forma de viento.

 

Dos turistas catalanes silueteados en el atardecer 

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Hicimos el recorrido acompañados en todo momento por nuestro guía. Cuando el sol comenzó a meterse se unió a la expedición estos dos catalanes y su guía. Juntos aprovechamos la parada técnica para disfrutar del ocaso rodeados de dunas. Los guías, vestidos de azules cuales hombres del desierto, aprovecharon para comer después del ayuno diario.

 

Esto es lo que teníamos a un lado

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Y esto al otro.... una delicia para los sentidos

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Después del breve descanso continuamos el viaje por el desierto. Nos quedaba más de una hora de trayecto y la luz comenzaba a escasear, así que no hay muchas fotos a partir de ahora. Sin embargo las historias continuaron.

 

Lo primero fue llegar hasta detrás de la gran duna que se ve al fondo

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Llegamos completamente de noche y algo cansados del dromedario. Allí nos relajamos mientras nuestro guía preparaba un té durante cerca de una hora. Fue el momento perfecto para asimilar que estábamos en el desierto, junto a una jaima. Luego departimos con él sobre un montón de cosas. Nos explicó cómo se extrae el agua en el desierto, la proximidad con la frontera de Argel, el modo de vida del lugar...

 

Luego nos preparó la cena y continuamos hablando de todo un poco. Más tarde llegaron otros guías con bongos y demás instrumentos que animaron a todos los turistas que allí nos congregábamos con cánticos de la zona. Después del concierto, y cuando todo el mundo se echó a dormir, nuestro hombre del desierto nos propuso subir hasta lo alto de la gran duna (840 metros).

 

Aceptamos e iniciamos el trayecto descalzos. Nos guió leyendo cada duna hasta este lugar donde disfrutamos de enormes panorámicas mientras casi podíamos coger las estrellas con las manos. Estuvimos un buen rato en las alturas contado chistes y adivinanzas. Fue una velada muy divertida que sin duda marcó la llegada del Komando Gorteak al desierto marroquí.

 

Luego bajamos casi corriendo hasta nuestra jaima, donde nos echamos a dormir a eso de la 2 de la madrugada. Al día siguiente había que madrugar para ver salir el sol.