Aquel fin de semana de junio sólo teníamos el sábado para descansar, así que aprovechamos para hacer una incursión por el concejo de Quirós. Una amplia jornada de monte en la que conoceríamos parajes de gran belleza,como los puertos de Agüeira. En total fueron unas diez horas de caminata en la que hubo un poco de todo. No obstante el viaje comenzó la noche anterior con un expectacular atardecer a orillas del mar Cantábrico.
Claros y oscuros en el horizonte
Un cielo atormentado de colores
Tan sólo un presagio de lo que vendría horas más tarde
Madrugamos lo necesario para llegar a la capital del concejo, Barzana, a eso de las nueve de la mañana. Allí tomamos un café, compramos pan e iniciamos la subida hasta el pueblo de Lindes, que sería nuestro punto de partida. Sobre las diez de la mañana comenzabamos la ruta.
El frondoso hayedo de Lindes, uno de los más extensos de Asturias
Hayas centenarias saliendo a nuestro paso
La ruta desde Lindes hasta los puertos de Agüeria (güeira para los vecinos de la zona) no tiene pérdida. Está señalizada y su desnivel es relativamente asequible. El recorrido discurre por un sendero que va ganando altura entre el bosque. Aquel día, después de varios de lluvias, el terreno estaba muy embarrado. En algunas zonas nos metimos hasta las rodillas, lo que dificultó el avance de la expedición.
Cuando los claros permiten ver la intensidad del hayedo
Nos acercábamos a la zona agreste del recorrido
Después de un entretenido paseo por el hayedo nos adentramos en la Foz Grande. En este tramo el recorrido se hace más estrecho y sobrecogedor. Las altas calizas de Peña Rueda, quizás el pico más emblemático del concejo, parece que oprimen.
Entrando en la Foz Grande
Bosque y más bosque durante todo el recorrido
Al final de la foz tuvimos que atravesar de nuevo el río
A las puertas de los puertos de Agüeira
El lugar es impresionante. Se trata de enormes vegas donde pasta el ganado de la zona rodeadas de grandes alturas. Un paraiso para los amantes del senderismo con una docena de picos por subir. Además la zona cuenta con el aliciente de ser una de las manchas más importantes de acebo de la región. Os aseguro que la sensación que se vive dentro de estos oscuros bosques es sobrenatural.
Bienvenidos al reino de la oscuridad
El acebo hecho árbol y bosque en Agüeria
Para seguir con la ruta prevista tuvimos que atravesar varias manchas de acebo. Pequeños senderos cruzan estos bosquetes, pero la sensación de estar perdido es predominante a cada paso. De hecho, nosotros estuvimos a punto de tirar la toalla en varias ocasiones por esta causa.
Brezos también en forma de bosque
La clave fue buscar una buena atalaya para definir la ruta a seguir
Nuestra intención era hacer una ruta circular entorno a Peña Rueda. No queríamos hacer la bajada por el mismo sitio, pero había que utilizar el mapa y la orientación para dar con el sendero adecuado. Tras subir a una zona alta dimos con el collado Lingleo, uno de los puntos más altos de la zona. Allí nos encontramos unos montañeros que bajaban de Peña Rueda y que nos dieron un mapa más "profesional" para no perder el sentido. La ruta había llegado a su punto medio.
De no ser por el ganado hubíeramos pensado que estábamos en las nubes
Llegó la hora de comer en un restaurante de lujo
Iniciamos la bajada con los contrafuertes de los Huertos del diablo a la derecha
Poco a poco regresamos a la zona de arbolado
Colores de primavera
Continuamos la bajada por un recorrido bastante obvio hasta llegar al final de una pista de uso ganadero. Luego seguimos por ésta hasta que a nuestra derecha nos salió un pequeño sendero. La intención era llegar a las proximidades de Peña Rueda para bajar hasta el núcleo de Cortes. La niebla comenzó a entrar mientras perdíamos altura.
Peña Rueda con su característico cuchillar
Corros, tradicionales construcciones de alta montaña
No son monguis pero se parecen
Poco a poco fuimos bajando de las nubes, y las amplias panorámicas fueron dejando paso a un paisaje boscoso de enorme belleza. A pesar de tener que atravesar alguna mancha de bosque, no tuvimos problema para dar con el camino apropiado. Lo peor de todo fue que el sendero no estaba limpio del todo. Según apreciaciones el último que había pasado por allí podría haber sido Jovellanos.
Explosión primaveral con el hayedo de Peña Rueda al fondo
Asomados al abismo quirosano
Por fín intuimos el final del recorrido, abajo el pueblo de Cortes
Luces divinas para compensar el cansancio acumulado
La bajada se nos hizo un poco pesada. La dificultad del sendero, unido al desnivel y las horas de marcha hicieron también de las suyas, pero al final llegamos sanos y salvos al núcleo quirosano de Cortes. Allí disfrutamos de su tradicional arquitectura y conocimos la historia de San Melchor, primer santo asturiano, martir en Vietnam y vecino de este pueblo.
Por las calles de Cortes
Tras la vuelta a la civilización y con una buena dosis de café en el único bar de la zona continuamos nuestro recorrido. Solo nos quedaba salvar un par de kilómetros hasta el núcleo de Lindes, donde habíamos dejado el coche varias horas antes. El recorrido sirvió para hacernos una idea de lo recorrido. En la siguiente foto se ve el valle por el que descendimos. De 1600 metros a 900 en un periquete.
Los últimos pasos por asfalto con Peña Rueda envuelta en niebla al fondo
Llegamos a la aldea de Lindes, donde termina la carretera
La iglesia de Cortes, punto inicial y final de la vuelta a Peña Rueda
La ruta nos dejó un muy buen sabor de boca. Conocimos esta zona del mazizo de Peña Ubiña característica por grandes moles calizas. Pero no sólo montañas. Extensos bosques, naturaleza salvaje y pueblos con encanto y sin desvirtuar. Todo un destino para repetir.
Aquel martes nos despertamos en el camping de Ribeira. Era la última jornada que teníamos de descanso y aún nos quedaba recorrido para terminar la vuelta a las rías baixas. Recogimos la tienda y a eso de las nueve de la mañana abandonábamos este núcleo coruñes con destino a la siguiente y última ría del periplo: la de Muros y Noia.
Continuamos bordeando la costa e hicimos una pequeña parada para tomar un café y desayunar algo. Después de recorrer la vertiente sur de la ría llegamos a Noia, primera de las paradas de esta jornada que también sería la de vuelta a casa.
Iglesia de San Francisco en Noia
Calles y edificios soportalados
El paseo por este pueblo fue bien entretenido. Sus calles guardan interesantes casas y edificios que nos animaron a recorrer paso a paso este lugar que nada tiene que ver con otros focos turísticos más hacia el sur.
Un apetecible casco histórico
Los arcos dominan las principales calles
¿Esos de ahí arriba no son los Wanky Monkeys?
Panorámica de Noia y su ría
Satisfechos por la visita continuamos nuestro recorrido por la costa gallega. La siguiente parada tras unos cuantos kilómetros de carretera de anuncio, fue Muros. La villa histórica tampoco nos defraudó.
Iglesia parroquial de Muros (A Coruña)
La piedra es la que aporta el color y el calor a esta villa
Edificios históricos se mezclan con otros más modernistas
Y las callejuelas animan a jugar
Soportales en la zona del puerto
Y más soportales en las calles interiores o caminando bajo la lluvia
En Muros disfrutamos de lo lindo y también tuvimos tiempo para tomar unas tapas con albariño incluido. Era una manera de celebrar nuestra llegada a buen puerto tras cinco rías y dos noches en las rias baixas. Habíamos conseguido una primera toma de contacto con esta ámplia zona, pero el viaje aún nos depararía alguna que otra sorpresa más.
Desde Muros, y aprovechando una vez más las circunstancias, optamos por alargar un poco más el periplo gallego y nos acercamos hasta el cabo de Fisterre. ¿Qué mejor lugar para terminar este viaje que en el lugar en el que se acaba la tierra?
Agarrados al último trozo de tierra occidental de España (sin contar El Hierro)
Paseando por los confines de la tierra como si fuéramos peregrinos
El punto final de un camino y el inicio de otro
A eso de las tres y media de la tarde abandonamos el cabo de Fisterre y emprendimos la vuelta a casa. Después de muchos kilómetros dejamos la ruta costera y pusimos rumbo a Asturias. A la altura de Mondoñedo hicimos una pequeña parada para comer un bocadillo y comprar unas botellas de vino. Pasadas las ocho llegamos a San Esteban sanos y salvos. Eso sí, pensando en el próximo destino...
Despues de una breve jornada de aclimatación a las rías baixas nos enfrentábamos a un largo e intenso día que nos depararía multiples sorpresas y alguna que otra decepción. Era un lunes y la mañana se despertó envuelta en niebla a eso de las ocho de la mañana. Desayunamos y nos dispusimos a continuar aquello que habíamos dejado a medias la noche anterior.
Despidiendo a nuestra "habitación " con vistas
Llegamos a Combarro en un periquete, y tras un cafe para entonar no tardamos en recorrer las calles de este pueblo encantador a orillas de la ría de Pontevedra. Las sensaciones vividas durante la noche anterior volvían a brotar.
Combarro viviendo en la mar con la papelera de Ence al fondo
Soportando los soportales del típico pueblo
Lo más tradicional de Combarro: las pallozas junto a la ría
Buscando detalles entre lo cotidiano
Y anhelando panorámicas diferentes
Así transcurrieron las primeras horas de la mañana. Entre callejuelas, construcciones autóctonas y saboreando al máximo este pueblecito que una vez más tuvimos la suerte de disfrutar casi a solas. De allí continuamos la expedición hasta Sanxenxo, el pequeño Benidorm de Galicia.
La verdad es que el sitio no es gran cosa. Nosotros hicimos una parada casi de rigor. Aprovechamos para ir al supermercado, dimos un pequeño paseo por su puerto deportivo de élite, e indagamos entre apartamentos vacios a la espera de veraneantes.
Una de las "céntricas" playas de Sanxenxo
Durante la instancia vimos una curiosa iglesia y alguna que otra casa llamativa, pero poco más. Así que decidimos que si algún día volvíamos a las rias baixas no pasaríamos por aquí. Regresamos a por el coche y seguimos la ruta mientras ante nosotros pasaban panorámicas de la illa de Ons a través del cristal.
La siguente parada, que también resultó una pequeña decepción, fue la isla de la Toja. Casas de lujo, balnearios, excursiones del inserso, vendedoras de colgantes y poco más. Tocamos tierra firme, hicimos alguna foto y continuamos el recorrido. Os aseguro que nos motivó más el viaje en sí hasta la isla que el propio lugar. Toda una paradoja.
Lo mejor de la Toja no son sus jabones, son sus paisajes
Aprovechándo que estábamos por allá, hicimos una parada en O´Grove, conocida por muchos como la capital del marisco. El sitio la verdad es que no tiene gran cosa, salvo los paisajes y alguna que otra taberna para comer marisco fresco. Nosotros dimos un agradable paseo para comprobarlo, como tamibén probamos los manjares locales regados por caldos de la zona.
Panorámica de O´Grove, mentada por su festival del marisco
Mariscadores en la costa de O´Grove
El viaje llegaba a un punto clave. Algo apesadumbrados por lo que habíamos visto decidimos darle un vuelco. Buscábamos algo más interesante y apropiado para nosotros. Entramos en una taberna para tomar la decisión y tras unos vinos nos fuimos hasta Cambados, cuyo casco histório está declarado Conjunto Histórico Artístico. Fue una de las sorpresas del viaje.
Sorprendente bienvenida: con casco y a lo loco
Cambados, además de ser considerada la capital del albariño, atesora numerosos edificios emblemáticos. Nosotros aparcamos junto al pazo de Ulloa, y desde allí nos dispusimos a indagar por la zona. Lo primero con lo que nos topamos fue con las ruinas iglesia de Santa Mariña d´Ozo, del Siglo XV y declarada monumento nacional.
¡Esta iglesia es una ruina!
Pero la imaginación vuela con facilidad en su interior
La iglesia está algo apartada del "centro", pero en sus proximidades hay un parque con un mirador desde el que se divisa el pueblo y la ría. Allí preparamos el recorrido a seguir por este lugar que poco tenía que ver con los que habíamos visitado antes. Desde allí nos acercamos hasta el puerto viejo.
¿Esto es un castillo? al fondo la illa de Arousa
Callejeando por la zona del puerto
La mar, siempre la mar en Cambados y en Galicia
Ya en el centro, calles salpicadas de iglesias y casonas nobiliarias
Y la gran plaza del pueblo, que realmente existía
Nos las vimos y nos las deseamos para encontrar esta plaza que Myriam recordaba de anteriores viajes. Creíamos que incluso era un sueño, pero al final dimos con ella y mereción la pena. Fue la guinda de la visita a Cambados.
Era la hora de comer (3-4 de la tarde aprox) y buscamos un emplazamiento apropiado. Desde Cambados nos dirigimos a la illa de Arousa, que ya nos llevaba tentando varias horas como fondo de paisaje. Nos fuimos a la zona sur, que aún se salva de la urbanización descontrolada de las costas. Era el punto natural que faltaba a la expedición.
Naturalmente delicioso
Tras la comida un buen paseo para potenciar el resto de los sentidos
Playas de ensueño en las que sólo se oyen los pájaros
Y donde crece el marisco a ras de suelo
Aguas transparentes y rocas graníticas caprichosas
La illa de Arousa, todo un panorama
El paseo se prolongó durante un par de horas. Después de varios destinos fallidos habíamos encontrado uno perfecto. El problema fue que la tarde avanzaba sin freno. Todavía teníamos mucho camino por delante y algo menos de una jornada para volver a San Esteban. Abandonamos muy a nuestro pesar la isla de Arosa y continuamos con la ruta de las rías baixas por la costa.
Estábamos en la cuarta ría del recorrido, pero aún quedaba una más para completar la ruta. Pensamos que lo mejor sería ir tirando hasta encontrar algún lugar para dormir cerca de la ría de Muros. Así que ni cortos ni perezosos pilotamos nuestro auto por carreteras sinuosas y en obras bordeando la ría de Arosa.
Llegamos a Ribeira (Santa Uxia de Ribeira en erderaz) y buscamos por la zona un camping, lo que nos ocasionó graves trastornos. Nos empecinamos con el nombre de un supuesto camping que al final no era tal. La odisea nos llevó casi al confín del mundo más allá de la civilización. Tras varias vueltas y consultas conseguimos una hora más tarde dar con el camping de la zona.
Acampamos con vistas a la playa
Y con el gran puerto de Ribeira al fondo
Estábamos algo cansados, pero sacamos algo de fuerzas para ir a tomar unos vinos al pueblo, un gran centro pesquero. El trajín el puerto era importante, y por las tabernas nos fuimos empapando de un ambiente "viajero" que nos transportaba por instantes a Italia, a Portugal, a Canarias y a otros tantos sitios.
Tras la cena caímos rendidos en los sacos de dormir...
Después de unos cuantos meses de abstinencia viajera nos dispusimos a celebrar que ya estábamos instalados en San Esteban con un buen recorrido. A mediados del mes de mayo de 2008 nos dispusimos a recorrer durante unos tres días las rias baixas que nos llevaría desde Tuy, bordeando la costa que atribuyen a la mano de Dios, hasta el cabo de Finisterre. Nuestro objetivo pasaba por hacer un amplio circuito dejando para otras incursiones algun lugar. Más que nada como excusa para volver. El primer día lo dedicamos a la zona más próxima a Portugal: La ría de Vigo y la de Pontevedra.
Salimos un domingo a media mañana de San Esteban (Muros de Nalón) y recorrimos la autovía del cantábrico, que aún sigue en obras en su tramo más occidental. Llegamos a Galicia y pronto alcanzamos la A - 6. Tras una parada de repostaje obligatoria a la altura de Santiago llegamos a Tuy, punto incial del recorrido por las rías baixas. Tras algo más de cuatro horas de viaje arribamos a este núcleo limítrofe con Portugal a la hora del café. Aparcamos y nos dispusimos a conocer después de mucho tiempo de sequia viajandera.
Lo primero de todo fue la Catedral

Donde sonaba un órgano glorioso y barroco
Allí dimos con la tumba del obispo Torquemada, que mala suerte!!
Después de orar al gran inquisidor nos dispusimos a recorrer todos los recovecos de esta catedral que fue toda una sorpresa para nosotros. Mezcla de estilos, grandeza y mucho con lo que deleitarse.
El claustro, que hace las veces de museo
Tras recorrer el recinto subimos a una de las torres, desde la que se divisaba una amplia panorámica de la zona. Tuy a nuestros pies, pero también los primeros terrenos lusos más allá del río Miño.
Al otro lado del río Valença (Portugal)
Callejeando por las empedradas calles de Tuy
Tras el primer contacto con las rias Baixas continuamos nuestro recorrido hacia A Garda, donde dimos de bruces con el océano Atlántico. Desde allí, y por una carretera de anuncio sobre las aguas rompientes fuimos acercándonos a Baiona. Unos 25 kilómetros por estos parajes sirvieron para quedar prendados de unos paisajes que serían la auténtica clave del viaje.
Llegamos a Baiona, gran centro turístico y de ocio de alto nivel
A pesar de los yates, los modelitos y el glamour de este lugar, el komando hizo de las suyas en este lugar a orillas de la ría de Vigo. El calor del viaje y la tarde agradable casi nos obligaron a darnos un buen chapuzón. Uno hizo lo propio como vino al mundo.
Me he quedado nuevo
Paseando por las calles de Baiona
Entre iglesias, casas nobles y calles llenas de tabernas y tiendas de souvenirs
La fortaleza de Baiona, uno de los principales reclamos
Una breve visita nos sirvió para conocer este pueblo que no es demasiado grande y que para mi gusto no es gran cosa. Como el estilo que allí se respiraba no iba mucho con nuestras pintas optamos por contiuar el viaje. No teníamos mucho tiempo, asi que volvimos a por el coche y nos pusimos rumbo a un destino aún por decidir. Al final optamos por dejar Vigo para otra ocasión. La noche no tardaría mucho en caer y teníamos mucho camino por delante. La siguiente parada sería entonces la ciudad de Pontevedra, después de recorrer la ría de Vigo a golpe de volante.
Un rico patrimonio nos dió la bienvenida a Pontevedra
La riqueza de unos, al fondo edificio de la xunta galega, es la pobreza de otros
Tras un breve paseo por la alameda fuimos callejeando entre calles porticadas y plazuelas de mucho sabor. Pontevedra estaba causando efecto, por lo que no dudamos en tomarnos un típico vino del país para celebrarlo. Los monumentos se fueron intercalando con los bares y tabernas.
Iglesia y convento de San Francisco con la noche acechando
Jugando a descubrir por las calles de Pontevedra
Una de las muchas placituelas con encanto de la ciudad
Y otra de sus tantas iglesias
El santuaraio barroco de la divina Pastora al fondo
Al final, como casi siempre, nos pilló el toro. Algo perjudicados por el albariño y muy contentos por la impresión que nos causó la ciudad nos vimos en el momento de decidir el futuro del viaje. Había que buscar un sitio para dormir, y cenar. Al final la mejor opción fue acercarnos a Combarro, un coqueto pueblo situado cerca de la capital pontevedresa. De camino tomamos una desviación hasta otra de las joyas de la zona.
Monasterio de San Juan, en Poio
Llegamos a Combarro, aparcamos y preparamos la cena
Los vinos nos abrieron el apetito, y a eso de las doce de la noche (aproximadamente), dimos buena cuenta del hornillo. Tras la cena dimos un paseo por este pueblo plagado de hórreos (o pallozas para otros). Absolutamente solos pudimos disfrutar de este encantador y turístico pueblo. Todo un lujo para el Komando Gorteak.
Combarro, uno de los pueblos con más encanto de Galicia
Las construcciones típicas salían a cada paso y en cada rincón
Panorámica nocturna de Combarro, bañado por la ría de Pontevedra

El paseo fue del todo gratificante. Solo nos quedaba encontrar un pequeño lugar en el que pasar la noche. Al día siguiente aprovecharíamos a tope y realizaríamos una nueva incursión por Combarro después del buen sabor de boca de la primera noche.
Hicimos noche en el coche. Junto a la playa de un nucleo próximo a Combarro. A la mañana siguiente, más y mejor. Pero eso será otro capítulo.
Uno de estos días laborables que finalmete se convierten en jornada de descanso sobre la marcha, aprovechamos para recorrer San Esteban y sus rincones. Propusimos un pequeño rallye fotográfico por el pueblo en el que vivimos. La tarde fue frutífera en todos los sentidos. Aquí os dejo las mejores muestras de la jornada. Habrá más convocatorias a las que ya os animo a sumaros.
Azulejos a lo lejos
No dudamos en subirnos a las ramas
Ni a las altas atalayas donde resplandecen las gruas
Encontramos extrañas formas verdes y húmedas
Y dimos con una pequeña cueva en honor a la Virgen de Covadonga
Algún cactus gigante salió a nuestro paso
Gran decoración floral festejando la primavera
Panorámica de San Esteban por los alrededores de la Capilla
Fisgando entre las rendijas
Y debajo de uno de los dos horreos del pueblo
No faltaron los castaños y los castañazos
Tradicionales edificios de una época no muy lejana
Arquitectura industrial
La Myriam, muy ocupada, participando en el rallye
Nos metimos hasta dentro de las casas
Adivina adivinanza
Al otro lado de la ventana
El puente de hierro marca la llegada al puerto
Detalles junto al puerto de San Esteban
El tejado de la casa de Rafael Altamira, derroche de ornamentación
Línea directa con el puerto industrial
Atracamos en el embarcadero y medimos nuestro calado
Y aquí termina ¿o comienza? el viaje...
Si os ha gustado, ya sabeis lo que teneis que hacer...