Tras una primera toma de contacto muy intensa con la ciudad de Budapest, llegaba el primer día de estancia completa en la ciudad. El día anterior ya habíamos recorrido la parte central de Pest, pero todavía quedaban muchas sorpresas y cosas por descubrir. Esta jornada, la del 24 de septiembre, sería igual o más intensa que la anterior. De ahí que hayamos dividido el día en cuatro partes para no aburriros con capítulos demasiado largos. La primera de las secciones de la jornada la dedicaremos a Buda, la parte medieval de la capital de Hungría.
A pesar de que estábamos de vacaciones, madrugamos de lo lindo para aprovechar nuestra estancia. A eso de las ocho de la mañana ya estábamos en pie y media hora después salíamos del alberge dispuestos a conocer Buda, la parte más antigua de la ciudad. Sólo tuvimos que subir unas cuantas escaleras para encaramarnos a la colina donde se asienta la vieja urbe.
Subiendo hacia el castillo en una soleada mañana
Caminando por los exteriores del castillo
El barrio del castillo, al igual que otras partes de la ciudad, están declaradas patrimonio de la Humanidad. Esta zona, separada por el río de Pest, guarda su tipología medieval a pesar de haber sufrido importantes daños a causa de guerras, terremotos e incendios. Aun así, pasear por esta zona es una auténtica delicia. No solo por el barrio en sí, también por las vistas que ofrece del resto de la capital húngara.
La subida al Castillo fue recompensada por amplias panorámicas de Pest
Una de las fuentes próximas al castillo de Buda
La visita al castillo la dejamos para otra ocasión, más que nada por falta de tiempo y de presupuesto. Así que paseamos por sus alrededores y nos adentramos en las calles de la parte antigua de la ciudad. Las casas bajas y el trazado medieval pronto nos dieron la bienvenida.
Las primeras calles de Buda nos saludaron tras la visita al castillo
Curiosos tejados, estatuas, y casas bajas de colores
Los primeros turistas de la mañana nos acompañaron
Durante el paseo por el castillo estuvimos prácticamente solos. Fue cuando entramos en la ciudad de Buda cuando comenzaron a aparecer los primeros turistas. Aun así, como todavía era pronto, la zona no estaba saturada y daba gusto pasear.
Fuimos directos a la iglesia de San Matías
Este templo es uno de los más importantes de la ciudad. Reconstruida en estilo neogótico, conserva su interior de hace unos 700 años. Es una de las iglesias más queridas por los vecinos y cuenta con una increible acústica. A nosotros, lo que más nos llamó la atención, fue su interior, ricamente decorado con pinturas.
La iglesia de San Matías con el altar al fondo
Detalle de las pinturas del templo, simplemente maravillosas
Vista general de la iglesia con el coro al fondo
Durante nuestra visita a la iglesia pudimos comprobar su magnífica acústica. Un grupo de visitantes, que al parecer cantaba en un coro, se animó con unos versos. El sonido era prácticamente perfecto y casi angelical. Fue toda una delicia escuchar unos temas a pesar de que la actuación no fuese de Hendrix o Janis Joplin. Cosas del directo.
Altos techos decorados cual paleta de colores
Recorrimos todos y cada uno de los espacios de la iglesia y salimos de allí más contentos que unas castañuelas. Había merecido la pena visitar este templo en torno al cual se agrupa la parte vieja de la ciudad.
A la salida del templo está el bastión de los pescadores
Nosotros, una vez más, pasamos de entrar en su interior a causa del precio, la crisis y las colas de turistas. Así que nos detuvimos en contemplar las vistas que se tienen desde allí arriba. Fue como disfrutar del bastión desde otro punto de vista.
El parlamento de Budapest entre luces y sombras
Tras las vistas, nos fuimos a tomar un café a un bar próximo. Parecía mentira pero llevábamos un par de horas caminando y era necesario un receso. Tras la dosis de cafeina, continuamos con la visita a las calles de Buda, donde el estilo del medievo era más que palpable en la mayoría de los edificios.
Otra de las calles principales de Buda, la ciudad antigua
No faltaron los reflejos de una zona llena de cuevas y pasadizos subterráneos
Buda, una ciudad menos bulliciosa que Pest
Los puntiagudos tejados no nos dejaron indiferentes
La visita a la zona de Buda tocaba a su fin. A decir verdad, esta parte de la ciudad no es demasiado grande, así que no se tarda demasiado en concoer. Además, allí se respira tranquilidad. Nada que ver con la bulliciosa Pest. Es, por tanto, una buena manera de olvidar los atascos y las aglomeraciones durante una visita a la capital de Hungría. Como si una zona no tuviese que ver con la otra.
Estatua que marcó el final del paseo por Buda
Después de la visita a la ciudad antigua, nos dirigimos a la orilla del río Danubio. Recorrimos unas cuantas calles más en la zona baja y buscamos una parada de metro para iniciar la segunda parte del día. Pero antes hicimos una parada de repostaje en un mercado que nos encontramos de camino.
Estructuras férreas del mercado de Buda
Un último vistazo a la tranquila Buda
El recorrido por Buda había llegado a su fin. Pero todavía quedaban muchas cosas por visitar. La siguiente parte del día nos llevaría desde el edificio del parlamento hasta el museo del modernismo húngaro. Pero esto será otro capítulo.
Después de pasar la mañana en Bratislava, llegaba el momento de la primera toma de contacto con Budapest, uno de los principales destinos de este viaje por Europa. Las primeras horas en esta ciudad nos sirvieron para comprobar que es una de esas capitales que hay que visitar casi por obligación. Para algunos es la París del Este. A nosotros no nos dejó indiferentes y nos cautivó prácticamente al instante. Bastaron unas cuantas horas para enamorarnos de la capital de Hungría. Sin duda, había merecido la pena elegir Budapest para pasar parte de las vacaciones de este año. Aunque eso significase caminar más de quince kilómetros diarios. Sin exagerar.
Tras la visita a la capital de Eslovaquia tomamos un tren con destino a Budapest. Llegó con retraso, lo que nos permitió llegar a tiempo después de una buena carrera. Nos subimos al convoy y buscamos unos asientos en los que descansar durante las tres horas de viaje. El trayecto, junto al Danubio, no fue nada aburrido.
Compartimos vagón y charla con tres viajeros noruegos
Llegamos a la estación de Budapest Keleti a las tres y media de la tarde
No había duda: Budapest es una ciudad de grandes dimensiones
Una de las cosas que más nos sorpendió cuando llegamos a la ciudad fue su tamaño. Habíamos oido que era una capital grande, pero hasta que no lo vimos no lo creimos del todo. Tiene más de millón y medio de habitantes a los los que hay que sumar casi otro de su área metropolitana. Además, como llegábamos de una capital manejable como Bratislava, el cambio fue de esos que se notan y se siente.
A pesar de su tamaño su arquitectura pronto nos embelesó
Largas calles y avenidas, como la Rákóczi
La verdad es que cuando llegamos a la estación de tren de Budapest - Keleti salimos como toros. Teníamos un plano de la ciudad y creimos que lo mejor para llegar al albergue era ir caminando. Sería un poco más largo, pero también más enriquecedor. Así nos empaparíamos de la ciudad y de su ambiente casi al instante. Pero también nos empapamos de sudor. Y es que a eso de las cuatro de la tarde había ni más ni menos que 33 grados centígrados.
Aun así, los edificios ganaban la partida al calor
Y tras un buen rato caminando, por fín dimos con el Danubio
Así a lo tonto habiamos andando más de tres kilómetros desde la estación. Ya estábamos cerca del albergue, pero el calor nos tenía abrasados. Lo peor de todo fue la mochila, que estaba llena de ropa de abrigo. Ilusos de nosotros. Creíamos que a finales de septiembre en esta zona de Europa ya no hacía calor.
Ya en el albergue, lo primero fue una merecida ducha
El albergue Buda Base, esta situado junto al Danubio. Es como una especie de casa particular con varias dependencias. A nosotros nos pareció limpio y acogedor. Nos enseñaron las estancias, pagamos por las tres noches que habíamos reservado, nos dieron las llaves y nos pegamos una buena ducha. Había que salir frescos a conocer la ciudad en la que acabábamos de aterrizar.
Salimos directos hacia el puente de las cadenas, con el Parlamento al fondo
En este conocido rincón inciamos una visita que nos permitió conocer, a grandes rasgos, la zona central de Pest, la ciudad nueva. Y es que en la capital de Hungría las distancias son enormes. Para llegar desde el puente donde estaba nuestro alberge hasta el de las cadenas, andamos un kilómetro. Eso entre puente y puente, así que en el resto de la ciudad...
Entrar en la ciudad moderna nos abrió el apetito
Enseguida dimos con un super y con un amplio parque donde merendamos
El paseo continuó por el centro de la ciudad
Donde los edificios se fundían con las últimas horas de luz
A estas alturas del paseo ya estábamos a vueltas con el Modernismo. Resulta que esta ciudad es una de perlas del movimiento arquitectónico. Hay numerosas muestas diseminadas por la ciudad. Así que ni cortos ni perezosos nos metimos en la oficina de información turística a preguntar por alguna posible ruta para disfrutar de este estilo. Como no la había, la tuvimos que improvisar sobre la marcha.
Una de las viviendas más curiosas que encontramos
Siguiendo las indicaciones que marcaba la ciudad
¡Purito derroche! Solo había que mirar y disfrutar
Callejeando aquí y allá dimos con estas galerías
Los primeros pasos por el centro de la ciudad nos sirvieron para comprobar la enorme cantidad de patrimonio Modernista que atesora. Algo que no es de extrañar, ya que la ciudad nueva (Pest), comenzó a desarrollarse a finales del siglo XIX y principios del XX. La "Szecesszió" dejó una profunda huella en la zona.
La noche se nos echaba encima, como los edificios
Descansamos de la caminata junto al lago Ness, un viejo conocido
Luego, como estábamos por la zona, nos acercamos al mercado central
El puente de hierro, el tercero que pisábamos en unas horas
La publicidad nos tentaba al pasear por una céntrica calle peatonal
Pero nos quedaba mucho por ver y disfrutar
Así que continuamos con el intenso paseo
Cuando nos quisimos dar cuenta, habíamos recorrido casi diez kilómetros paseando por la ciudad. Eso sin contar los de Bratislava. El cansancio comenzaba a hacer acto de presencia, pero quisimos apurar la máquina. Era como si quisiéramos disfrutar un poco más de nuestra primera noche en Hungría. Su capital se lo merecía.
Uno de los hoteles más lujosos de la ciudad
Cuyo interior nos dejó ver el amable botones
La caminata nos llevó hasta la basílica de San Esteban
Después de tomar una cerveza en un bar más o menos próximos, dedidimos terminar la noche. Estábamos cansados despues de tanto caminar. Había llegado el momento de regresar al albergue para cenar algo y dormir. No llevábamos ni ocho horas en la ciudad y ya habíamos pateado de lo lindo. Eso si, todavía nos quedaban un montón de cosas por conocer. No quedaba otra que dosificar las fuerzas.
Cruzando el puente de las cadenas con el castillo de Buda al fondo
Y una última menos típica desde el puente
Tras cruzar el puente solo nos quedaba dar un paseo de unos 900 metros hasta el albergue. Distancia que se hizo más amena al caminar junto al Danubio. Cuando llegamos al hogar, nos alimentamos a groso modo y nos metimos a dormir. Todavía nos quedaba ciudad para rato. Al menos para los dos próximos días.
Después del recibimiento nocturno que nos brindó Bratislava, llegaba el momento de disfrutar de la ciudad de día. Sus edificios ya nos habían cautivado, pero creíamos conveniente pasar un poco más de tiempo en la capital eslovaca antes de continuar el viaje. Era 23 de septiembre, el día que llegamos a Budapest. Pero antes de nada, había que darle un último repaso a Bratislava. Se lo merecía.
Aquella mañana nos despertamos a eso de las ocho de la mañana. Nos duchamos, desayunamos y nos fuimos directos a la estación de trenes para saber a qué hora podríamos viajar a Hungría. El primer tren que partía de Bratislava lo hacía a las doce de la mañana. Así que teníamos algo más de dos horas para dar un último paseo por las calles de la vieja Presburgo. Sacamos los billetes y nos fuimos al centro histórico.
Autobús viejuno con dirección a la parte más interesante de la ciudad
En unos minutos estábamos en la zona antigua
El ambiente que se respiraba a esas horas en la ciudad era bastante agradable. La temperatura era prácticamente veraniega y no había ningún tipo de masificación. Unicamente había algún que otro grupo de turistas. El resto, era la vida diaria de una de las capitales más pequeñas de Europa.
La puerta - torre de San Miguel, de ahí la visión doble
La ciudad vieja se abría de nuevo para el Komando
Como la noche anterior ya nos habíamos recorrido casi todas las calles del centro, el paseo mañanero se centró en los detalles. Era cuestión de descubrir el lado diurno de una ciudad que nos había dejado un muy buen sabor de boca. Una manera de recordar lo que ya habíamos visto unas horas antes.
Un autobús turísitico circulando por las calles de Bratislava
La calle Prepostska con el castillo al fondo
Vista parcial de la enorme catedral de San Martín
Como no teníamos demasiado tiempo, tuvimos que centrar la mañana en el paseo. Así que prácticamente no entramos en ningún edificio ni en ningún museo. Además, tuvimos que dejar, finalmente, la visita al castillo de la ciudad para otra ocasión.
Embajada de Estados Unidos, fuertemente vigilada
El teatro Nacional Eslovaco presidiendo la zona
El tiempo volvía a correr en nuestra contra
Un último vistazo a la avenida Hviezdoslavovo de Bratislava
Una de las calles centrales de la recoleta ciudad
Otra de las curiosidades de esta capital européa, es que cuenta con numerosas esculturas diseminadas por la ciudad. Las hay de todo tipo: Desde mujeres tomando café a hombres saludando a la gente con sus sombrero. Nuestros pasos nos llevaron a una de las estatuas más curiosas y fotografiadas.
Atención, hombre trabajando en el subsuelo
Aquella mañana tampoco faltó el paseo a la plaza central de la ciudad
Escultura de la guardia real con el edificio del antiguo Ayuntamiento al fondo
Un vistazo más a la plaza con más encanto de la capital eslovaca
La ciudad de Bratislava se levanta en la zona más occidental del país. Es como si estuviera apartada del resto de Eslovaquia y se quisiese acercar a Viena, situada a poco más de 40 kilómetros. Después de visitar la ciudad, nos quedamos con muchas ganas de haber realizado una incursión por el país. A buen seguro que nos hubiera deparado muchas sorpesas. Pero habrá tiempo de volver.
El palacio Primacial, otro de los edificios más señeros de la urbe
Y justo al lado, la parte de atrás del antiguo Ayuntamiento.
Reflejando que es gerundio o la ciudad en un retazo de cristal
Nos asomamos al interior del palacio Primacial
La mañana iba avanzando peligrosamente y el reloj corría veloz. Llevábamos algo más de una hora de paseo inteso y no queríamos dejar la ciudad sin conocer algo más que su zona central. Por eso optamos a salirnos de la parte histórica, aunque de manera tímida y prácticamente fugaz.
Un rápido vistazo a la plaza de Kamenné
La calle Sturova también nos tentó, pero no teníamos tiempo suficiente
Regresamos a la zona central para despedirnos de la ciudad
Apurando los últimos reflejos de Bratislava
No queríamos dejar la capital sin ver su lade menos cuidado
Durante nuestra estancia en la ciudad pudimos ver como ésta se encontraba en periodo periodo de cambio. La mayoría de sus edificios han sido o están siendo restaurados. El pavimento de muchas de sus calles también está siendo mejorado. Es como si la ciudad empezase a despertar de años de letargo y olvido.
Enfilando la calle principal para abandonar la ciudad
Muy a nuestro pesar teníamos que dejar Bratislava
Algo apenados dejábamos atrás el casco histórico
A estas alturas ya íbamos corriendo. El reloj estaba más cerca de las doce que de las once. Así que estábamos pillados de tiempo. Tuvimos que caminar un buen rato hasta que conseguimos subirnos a un autobús. Entre semáforo y semáforo, únicos instantes que deteníamos el paso, aprovechábamos para tirar las últimas fotos de la ciudad.
Aquí tampoco parece que hay parada de bus, habrá que seguir corriendo
Edificio del banco de los Tatra, las míticas montañas eslovacas
Llegamos a la estación de tren al galope y sudando
Cuando llegamos al interior de la estación, comprobamos que nuestro tren llegaba con unos veinte minutos de retraso. Menos mal. Tuvimos tiempo suficiente para comprar algún que otro recuerdo en forma de vaso de chupito. Luego nos agenciamos una hamburguesa de tamaño familiar y esperamos al tren en el andén número uno.
La gran ciudad de Budapest nos esperaba
Nos subimos al tren con una extraña sensación. Atrás dejábamos la ciudad de Bratislava, que nos había sorprendido para bien. Por eso estábamos algo apenados. Pero por otro lado, el viaje continuaba. No llevábamos ni 24 horas en los países del este y por delante nos esperaban un montón de sorpresas. La más cercana, Budapest. A tres horas de viaje.
Después de tres días en Italia, comenzaba el viaje dentro del viaje. Atrás quedaban las ciudades más o menos conocidas y por delante nos esperaban un puñado de urbes todavía ignotas para el Komando Gorteak. La primera de todas fue Bratislava, capital de Eslovaquia. Allí llegamos un 22 de septiembre después de haber pasado la mañana en Bérgamo (Italia). Sobre las seis de la tarde aterrizábamos en el aeropuerto preparados para el primer contacto con esta pequeña pero encantadora capital. Fue una tarde noche de sorpresas: El recibimiento, con los brazos abiertos, fue brutal.
Eslovaquia entró en el euro a principios de este año, así que nos evitamos tener que cambiar dinero. Salimos al exterior del pequeño aeropuerto y esperamos a que llegase un autobús que nos llevara al centro.
Foto conmemorativa de la llegada del Komando Gorteak a Slovakia
Un autobús de estos de época nos acercó desde el aeropuerto hasta la estación de tren de Bratislava. Los poco más de dos kilómetros de trayecto nos sirvieron para comprobar que estábamos en un país muy diferente al nuestro. A bote pronto, estábamos a dos mil kilómetros de casa. Así que la aventura estaba más que servida.
Caminando desde la estación de tren hasta nuestro albuergue
Llegar hasta el Possonium Hostel no fue nada difícil. Está situado muy cerca de la estación y es prácticamente imposible no dar con él. Bien señalizado y también bien equipado. Todo un acierto en reservar una noche en este lugar.
Estaba claro, nos habían confundido con italianos una vez más
Después de dejar las mochilas, salimos a conocer la ciudad
De camino al centro histórico, dimos con el palacio de Grassalkovich
Llegamos a la parte antigua de la ciudad en un periquete
Bratislava es una ciudad de medio millón de habitantes. Su situación estratégica la hizo importante paso desde la antiguedad. Y es que en poco más de 60 kilómetros a la redonda tiene la frontera con tres países: Austria, República Checa y Hungría. No obstante es una ciudad más bien pequeña y que suele pasar desapercibida para los grupos que hacen la ruta entre Viena y Budapest.
La iglesia de los Capuchinos a la derecha y el castillo al fondo
Nuestros pasos por Bratislava, la vieja Presburgo, fueron guiados por la improvisación. La ciudad es lo suficientemente manejable para conocerla en unas cuantas horas. Además, merece la pena. Cada calle pintoresca o cada edificio histórico significaban un cambio de rumbo y una nueva sorpresa.
Así de perdidos llegamos a la plaza mayor (Hlavné Námestie en eslovaco)
Celebramos nuestra llegada con un par de cervezas
La verdad es que estábamos realmente satisfechos. La idea de iniciar este viaje en Bratislava había sido todo un acierto. La ciudad nos estaba cautivando, así que decidimos darnos un pequeño homenaje a modo de cerveza local en la calle principal. Ya habría tiempo para cenar.
Buscando un restaurante de comida tradicional, ahora sí, algo perdidos
La vida nocturna de esta ciudad es algo más animada que en otras urbes européas. Aún así, nosotros seguíamos con la costumbre de cenar a eso de las diez de la noche. Dadas las horas, nos costó encontrar algún restaurante abierto en una zona que nos recomendaron en el albergue. Así que decidimos volver al centro histórico para probar suerte en alguno de los bares de la zona. Eso o nos quedábamos sin cenar.
De vuelta a la zona histórica sin encontrar un restaurante eslovaco
Tuvimos suerte y nos dieron de cenar
Probamos suerte en un bar con terraza en la calle principal. Allí había gente cenando, así que no tuvimos problema en pedir mesa para dos. Una contundente ensalada de atún con hortalizas locales y una especie de pan relleno de carne guisada con queso fué el menú. Todo ello regado con otra cerveza de medio litro. Gran cena por poco más de quince euros.
Nocturnidad en la calle Michalská y su torre al fondo
Fuimos a dar un paseo para bajar la cena y seguir conociendo la ciudad
Así llegamos hasta el puente nuevo, encargado de salvar el enorme Danubio
Reflejos nocturnos en el Danubio, uno de los grandes ríos de Europa
Oteando el castillo de la ciudad, suspendido en la noche
La verdad es que nos tentó subir hasta el castillo, pero al final desistimos. Con el rollo del cambio de país, la mañana en Bérgamo y el vuelo, estábamos algo cansados. Así que nos dedicamos a recorrer las calles del casco histórico. Tampoco íbamos a pasar demasiado tiempo en la ciudad, así que creimos oportuno conocerla lo más a fondo posible y dejar la fortaleza para otra ocasión.
Buscando los reflejos de la avenida Hviezdoslavovo
No tardamos en dar con la ópera, donde se nos recordó el idioma local
Un vistazo a través de las ventanas del casino
Curiosos córvidos flanqueando una puerta
A lo tonto, nos habíamos vuelto a salir de la zona central. A parte de que no había edificios antiguos, también lo notábamos en la ausencia de luz. Salirse de las calles principales significa quedar alumbrado por las luces de los comercios y de las casas. Apenas hay farolas.
Regresamos a la plaza mayor a modo de despedida
El tiempo corría y el sueño nos podía. Así que a eso de las doce y algo de la noche decidimos regresar al albergue. Todavía teníamos por delante unos diez minutillos de caminata. Un pequeño paseo que se unía a los varios kilómetros recorridos en Bratislava. Eso si, la caminata nocturna había merecido la pena.
Últimos pasos por la zona antigua de Bratislava
Y llegando al alberge, situado en la calle Sancová
Antes de irnos a descansar se nos ocurrió la brillante idea de bajar al bar del albergue a tomar la última cerveza. Allí había tres tipos jugando al futbolín con los que acabamos entablando conversación. Entre el cansancio, el idioma y el verde que nos ofrecieron no conseguimos sacar nada claro. Inglés, frances, italiano, alemán, eslovaco...así no había quien comprendiese nada. Sólo que el futbolín era diferente al que nosotros conocemos y que hola es algo así como servuz.
Con tantos idiomas aquello parecía la torre de babel.
Tras la partida y con la cerveza a medias, nos fuimos a descansar. Estábamos doblados y a la mañana siguiente tocaba madrugar. Había que aprovechar las últimas horas en Bratislava antes de cambiar, otra vez, de país y de capital.